Teatro

Me casé por alegría de Natalia Ginzburg, una comedia sobre el amor, la convivencia y las contradicciones humanas.

Del 6 de noviembre al 20 de diciembre, la Sala Pequeña – Margarita Xirgu del Teatro Español acoge Me casé por alegría, una comedia de la escritora italiana Natalia Ginzburg que se representa por primera vez en España. Bajo la dirección de Fran Weber, la producción recupera una de las piezas teatrales más conocidas de la autora, una obra que, a través del humor, la ironía y las situaciones cotidianas, se adentra en las complejidades de las relaciones de pareja, la incomunicación y las dificultades de la convivencia.

La obra está protagonizada por Lucía Quintana y José Luis Patiño, que interpretan a Giuliana y Pietro, dos recién casados que apenas se conocen y que tendrán que aprender a compartir sus vidas a pesar de sus diferencias. Puchi Lagarde, Paula Muz y Sáhara Peña completan el reparto.

La versión y traducción corresponden a Andrés Barba; la escenografía es de Isi Ponce, el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas, la iluminación de Rodrigo Ortega, la composición musical y el espacio sonoro de Juan Diego Vela y la caracterización de Moisés Echevarría.

Se trata de una producción del Teatro Español, espacio del Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid.

El viernes 4 de diciembre se ofrecerá, además, una función accesible con audiodescripción y sobretitulado para personas sordas.

Natalia Ginzburg, una mirada lúcida sobre la vida cotidiana

Hablar de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) es acercarse a una de las figuras más singulares de la literatura italiana del siglo XX. Novelista, ensayista, dramaturga, traductora y articulista, su escritura se caracteriza por una extraordinaria capacidad para observar las relaciones humanas, las contradicciones familiares y esos pequeños acontecimientos de la vida cotidiana que, bajo una apariencia intrascendente, terminan revelando aspectos esenciales de nuestra existencia.

Nacida como Natalia Levi en el seno de una familia de origen judío, creció principalmente en Turín, ciudad a la que se trasladó su familia cuando ella era todavía una niña. La casa de los Levi se convirtió en un lugar de encuentro para escritores, científicos e intelectuales, muchos de ellos comprometidos con la oposición al fascismo de Mussolini. En 1938 contrajo matrimonio con Leone Ginzburg, intelectual, editor y destacado militante antifascista. El matrimonio sufrió persecución política lo que les llevo a vivir bajo las restricciones impuestas por el régimen: Leone fue confinado en Pizzoli, un pequeño municipio de los Abruzos. La historia personal de la escritora quedó profundamente marcada por la violencia política. Leone Ginzburg fue detenido por las autoridades nazifascistas y murió en 1944, con apenas 34 años. Natalia quedó viuda con sus hijos pequeños, en uno de los momentos más difíciles de su vida.

Hay un detalle especialmente significativo para comprender las circunstancias en las que comenzó su carrera literaria. Su primera novela, La strada che va in città (1942), apareció bajo el seudónimo de Alessandra Tornimparte: las leyes raciales promulgadas por el fascismo italiano en 1938 condicionaban la publicación de autores judíos. La identidad de Natalia Levi tuvo que quedar oculta tras un nombre ficticio para que su obra pudiera ver la luz. Tras la guerra regresó a Turín y comenzó a trabajar para la editorial Einaudi, una de las instituciones fundamentales de la cultura italiana contemporánea. Allí desarrolló labores de edición, lectura y traducción, y compartió ambiente intelectual con figuras esenciales de la literatura italiana, como Cesare Pavese y Elsa Morante.

En 1950 contrajo matrimonio con el anglista Gabriele Baldini y, durante los años siguientes, alternó su residencia entre Italia e Inglaterra. Su producción literaria fue consolidándose hasta alcanzar uno de sus mayores reconocimientos con Léxico familiar (1963), obra autobiográfica en la que reconstruye la historia de su familia a través de las expresiones, frases y giros lingüísticos que sus miembros repetían habitualmente. El libro obtuvo el prestigioso Premio Strega y se convirtió en uno de los grandes títulos de la literatura italiana de posguerra. Aunque su nombre suele asociarse principalmente a la narrativa y al ensayo, Ginzburg desarrolló también una interesante trayectoria como dramaturga. Escribió varias piezas teatrales, entre ellas La secretaria, Paese di mare y L’intervista. Su incursión en el teatro encontró un terreno especialmente fértil en el diálogo: conversaciones aparentemente sencillas, personajes que no siempre saben expresar lo que sienten y situaciones en las que el humor deja al descubierto contradicciones y conflictos mucho más profundos. En 1983 fue elegida diputada en el Parlamento italiano como independiente en las listas del Partido Comunista Italiano, manteniendo hasta el final de su vida una participación activa en los debates culturales y sociales de su país.

Ginzburg murió en Roma en 1991, dejando una obra que continúa encontrando lectores por su capacidad para retratar lo universal a través de lo particular. Su literatura no necesita grandes acontecimientos para hablar de las personas: le basta una conversación familiar, una relación sentimental, una dificultad económica o un silencio incómodo para poner de manifiesto las tensiones que atraviesan nuestra existencia.

Una comedia nacida de la Italia de los años sesenta

Me casé por alegría (Ti ho sposato per allegria) se estrenó en 1965 en el Teatro Stabile di Torino, a petición de su amiga, la actriz Adriana Asti. Fue la primera incursión de Natalia Ginzburg en la escritura teatral y una de las piezas que mejor representan su particular sentido del humor. La obra nació en una Italia que había cambiado considerablemente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Veinte años después de la caída del fascismo, el país atravesaba una profunda transformación económica y social. El llamado milagro económico italiano había impulsado la industrialización, el consumo y el crecimiento de las ciudades, modificando los hábitos de vida y las aspiraciones de buena parte de la población. Aquella nueva prosperidad convivía, sin embargo, con estructuras familiares y convenciones sociales todavía muy arraigadas. Las diferencias de clase, los modelos tradicionales de matrimonio y las expectativas depositadas sobre hombres y mujeres seguían condicionando las relaciones personales.

Es en ese escenario donde Ginzburg sitúa a sus personajes. Giuliana es una joven impulsiva, espontánea y aparentemente despreocupada que se casa casi por capricho con Pietro, un hombre serio y adinerado. Sus mundos, sus experiencias y sus maneras de entender la vida son muy diferentes. Apenas se conocen, pero han decidido compartir un futuro y tendrán que descubrir qué significa realmente convivir. El punto de partida permite a la autora construir una comedia de encuentros y desencuentros en la que las diferencias personales, las convenciones sociales y las expectativas sentimentales se entrecruzan constantemente. A través de diálogos cargados de ironía y situaciones domésticas que rozan el absurdo, Ginzburg convierte lo cotidiano en materia dramática. Bajo su aparente ligereza, la obra plantea cuestiones que van más allá de las peripecias de una pareja recién casada: qué esperamos del matrimonio, cuánto conocemos realmente a la persona con la que decidimos compartir nuestra vida y hasta qué punto nuestras decisiones responden a deseos propios o a modelos de felicidad que hemos aprendido a aceptar. Más de seis décadas después de su estreno, esta primera representación en España nos permite recuperar una autora cuya mirada sobre las relaciones humanas conserva una notable capacidad de observación. Una escritura que no necesita recurrir al dramatismo para mostrar las contradicciones de sus personajes y que encuentra precisamente en el humor una de sus herramientas más incisivas.

Detrás de la risa, la fragilidad humana

Detrás de esta comedia de tintes satíricos encontramos unos personajes mucho más serios, contundentes y conscientes de cuanto les rodea de lo que su aparente ligereza podría hacernos pensar. La familia, las relaciones personales y, especialmente, la figura materna ocupan un lugar destacado en ese universo. La madre está presente incluso desde su ausencia: una mirada que permanece sobre nosotros, que en ocasiones sentimos como una losa y en otras como una necesidad, pero de la que difícilmente conseguimos desprendernos. Es una presencia que condiciona, acompaña y, en cierta medida, define a quienes somos.

Giuliana, a través de un extenso monólogo que encuentra el contrapunto y el acompañamiento del resto de los personajes, nos va descubriendo su vida, sus miedos y sus experiencias. Su historia no está exenta de episodios duros, pero hay en ella una disposición casi obstinada a mirar hacia delante. Es impulsiva, soñadora y optimista, alguien que parece encontrar en la alegría una forma de enfrentarse a las dificultades. Pietro, por el contrario, representa otro mundo. Aparentemente lo tiene todo: posición económica, estabilidad y una vida ordenada. Sin embargo, detrás de esa aparente seguridad se esconde una existencia monótona, acomodada y carente de la espontaneidad que caracteriza a Giuliana. Dos vidas muy diferentes que terminan cruzándose y uniéndose contra todo pronóstico.

El ritmo de la representación es trepidante. Giuliana va desgranando su historia ante Vittoria la criada, y el texto avanza con una velocidad y agilidad que intérprete y espectador están al paso de cada palabra. Lucía Quintana realiza un trabajo impecable. Resulta difícil imaginar a otra actriz dando cuerpo a esta Giuliana, porque consigue hacer suyos los matices de un personaje que transita constantemente entre la comicidad, la ingenuidad, la vulnerabilidad y una sorprendente lucidez. A pesar de la velocidad del texto, sabe encontrar pequeños espacios de silencio, pausas y guiños que enriquecen la interpretación. Su expresividad corporal es igualmente importante: el movimiento, los gestos y la manera de ocupar el espacio forman parte esencial de la construcción del personaje. En una cultura teatral como la italiana, donde el gesto —il gesto— posee una enorme capacidad expresiva dentro del diálogo, estos matices adquieren especial relevancia.

El conjunto del reparto está a la altura de un texto tan divertido como exigente. Las actrices y los actores encuentran un buen equilibrio, se complementan y construyen una dinámica colectiva que permite que los diálogos y las situaciones cómicas fluyan con naturalidad. Hay una buena complicidad entre los personajes y una coordinación que sostiene el ritmo de la obra sin restar espacio a los matices individuales. Es, en definitiva, de esas representaciones que permiten disfrutar del teatro durante toda la función, sin perder de vista lo que sucede más allá de la risa.

La escenografía, de carácter realista, desempeña también un papel importante. Construye un ambiente acogedor, cuidado y visualmente agradable que nos introduce desde el primer momento en el universo doméstico de los protagonistas. El espacio contribuye a generar esa sensación de familiaridad que hace que el espectador se sienta rápidamente dentro de la historia. Sin embargo, conviene no dejarse engañar por ese escenario amable ni por las situaciones que provocan la risa. Bajo esa superficie aparentemente ligera se esconden cuestiones bastante más profundas, y es precisamente ahí donde el teatro de Ginzburg despliega buena parte de su magia.

El retrato de la sociedad italiana de los años sesenta, las diferencias de clase, la posición de la mujer, las transformaciones políticas y culturales de la época y las convenciones familiares se entrelazan en esta comedia sin necesidad de convertirse en discursos explícitos. Todo se insinúa, se deja entrever en los diálogos, en los comportamientos y en las contradicciones de los personajes. La sátira funciona así como una vía para observar una realidad social mucho más compleja. En última instancia, la obra habla de las decisiones que tomamos, de las circunstancias que a veces nos empujan a ellas, de nuestra fragilidad como seres humanos y de esa soledad que puede acompañarnos incluso cuando compartimos nuestra vida con alguien.

Merece una mención especial la dicción del conjunto del reparto. El texto llega al espectador con una claridad y una articulación excelentes, algo que facilita enormemente la comprensión y permite disfrutar plenamente tanto de los diálogos como de sus matices. No hay que confundir naturalidad con falta de técnica: los intérpretes consiguen que las palabras fluyan sin recurrir a esa entonación excesivamente declamatoria que a veces distancia el lenguaje teatral de la conversación cotidiana. Los personajes hablan, discuten, se interrumpen y se relacionan con una espontaneidad que hace que el texto resulte cercano y creíble. Y esto, aunque pueda parecer un detalle menor, es fundamental en una obra en la que buena parte de la acción dramática se construye precisamente a través de la palabra.

Me casé por alegría es una propuesta que merece la pena disfrutar. Una comedia inteligente, bien interpretada y construida con sensibilidad, que consigue entretener al público sin renunciar a una mirada más profunda sobre las relaciones humanas. Quien se acerque al Teatro Español encontrará una función divertida, pero también una invitación a mirar un poco más allá de las apariencias.

Para saber más

Natalia Ginzburg: literatura y memoria

  • Léxico familiar (1963). Una de las obras fundamentales de Natalia Ginzburg, galardonada con el Premio Strega. A través de los recuerdos, las conversaciones y las expresiones particulares de su familia, la autora reconstruye un mundo íntimo atravesado por la historia política y social de la Italia del siglo XX.
  • Las pequeñas virtudes (1962). Recopilación de ensayos en los que Ginzburg reflexiona sobre la educación, la familia, el dinero, las relaciones humanas y los valores que transmitimos a nuestros hijos. Una lectura especialmente interesante para profundizar en su pensamiento y en su particular manera de observar la vida cotidiana.

Italia: memoria, sociedad y transformaciones

  • La mejor juventud (La meglio gioventù, 2003), de Marco Tullio Giordana. Una extraordinaria saga familiar de casi seis horas que recorre cuatro décadas de historia italiana. A través de las vidas de dos hermanos y de su entorno familiar, la película retrata las transformaciones políticas, culturales y sociales del país desde los años sesenta. Una magnífica oportunidad para ampliar el contexto histórico en el que se desarrolla el universo de Ginzburg.
  • Natalia Ginzburg y su teatro. Para quienes quieran profundizar en su faceta como dramaturga, resulta especialmente interesante el estudio académico Natalia Ginzburg e la comicità al femminile nel teatro italiano del Novecento, de Cinzia Samà. Analiza los mecanismos de la comicidad en su dramaturgia, la construcción de los personajes femeninos y las contradicciones sociales que atraviesan sus comedias.

Ginzburg parece preguntarnos si conocemos realmente a las personas con las que compartimos nuestra vida y si sabemos qué buscamos cuando tomamos determinadas decisiones.

Photo Me casé por alegría de Javier Naval. Imagen cedida por el Teatro Español.

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