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Ormuz: el teatro del bloqueo y la ilusión de control

Hay momentos en los que la geopolítica deja de ser estrategia para convertirse en relato. El estrecho de Ormuz es ahora mismo uno de ellos.

Estados Unidos ha anunciado un bloqueo al tráfico marítimo vinculado a Irán. Sobre el papel, es una medida de enorme gravedad: afecta a uno de los principales chokepoints o puntos de estrangulamiento energéticos del mundo. En la práctica, sin embargo, los mercados parace que no se lo están creyendo.

Y eso es, precisamente, lo más revelador.

Durante las primeras horas, el pánico fue inmediato. El precio del crudo reaccionó con fuerza, las rutas marítimas se ralentizaron y algunas navieras optaron por dar la vuelta. Pero apenas un día después, el nerviosismo se ha disipado. El Brent ha corregido y las bolsas estadounidenses han seguido subiendo.

El mensaje implícito es claro: esto no va a durar.

Sin embargo, esa confianza descansa sobre una premisa extremadamente frágil: que Washington controla el desenlace. Y eso, en este escenario, es mucho asumir.

Un bloqueo que nadie quiere sostener

Si el bloqueo se mantuviera en el tiempo, las consecuencias serían difíciles de exagerar.

Por el estrecho de Ormuz circula cerca del 20% del petróleo mundial. Interrumpir ese flujo no solo dispararía los precios energéticos, sino que afectaría a cadenas críticas como el suministro de nitrógeno o helio, con impacto directo en la industria global. A esto se sumaría el riesgo de escalada: Irán podría atacar infraestructuras clave como oleoductos saudíes, ampliando el shock.

En otras palabras, un bloqueo real no sería una maniobra táctica: sería un evento sistémico.

Y precisamente por eso, casi nadie quiere que ocurra.

Arabia Saudí ya ha presionado para que la situación se desactive cuanto antes. Washington lanza señales de contención. Los mercados descuentan una salida rápida. Todo apunta a lo mismo: el bloqueo funciona mejor como amenaza que como realidad.

Pero hay un actor que no encaja en esta lógica de contención: Irán.

Teherán ha dejado claro que, independientemente de lo que haga Estados Unidos, se reserva el control del tráfico marítimo en la zona, ampliando incluso su radio de acción al golfo Pérsico, el mar de Omán o el mar Rojo. Es decir, aunque Washington quiera cerrar el episodio, puede que no tenga la última palabra.

Ahí reside la verdadera incógnita.

La narrativa de la victoria: cuando la guerra es comunicación

En paralelo, se está produciendo un giro estratégico en el discurso estadounidense.

Durante semanas, los objetivos de la intervención han sido difusos, cambiantes, incluso contradictorios: desde debilitar la capacidad militar iraní hasta insinuar un cambio de régimen. Sin embargo, ahora emerge una formulación mucho más nítida.

La guerra tiene un único objetivo: impedir que Irán obtenga un arma nuclear.

Tanto el vicepresidente JD Vance como Donald Trump han convergido en esta idea. Y no es un matiz menor. Es una redefinición completa del marco.

Porque reduce la complejidad del conflicto a una condición verificable y, sobre todo, comunicable. Ya no se trata de transformar Irán ni de redibujar el equilibrio regional. Se trata de poder declarar una victoria concreta ante la opinión pública estadounidense.

Aquí es donde la geopolítica se encuentra con la política doméstica.

El precedente incómodo es el acuerdo nuclear impulsado por la administración Obama (JCPOA), que precisamente buscaba limitar el programa nuclear iraní y que fue desmantelado por el propio Trump. Ahora, cualquier nuevo acuerdo deberá ser presentado como superior a aquel, lo que eleva el listón narrativo más que el estratégico.

En este contexto, el éxito no depende tanto de lo que Irán conceda, sino de cómo se cuente.

El optimismo de los mercados… y su punto ciego

Este reajuste del relato ayuda a entender el comportamiento de los mercados.

Si el objetivo es alcanzable —una concesión nuclear que pueda venderse como triunfo— entonces el incentivo para desescalar es enorme. Trump podría declarar victoria y cerrar el episodio. El bloqueo, en ese escenario, habría sido un instrumento de presión más que una política sostenida.

De ahí la aparente calma: los inversores no están evaluando un conflicto prolongado, sino una negociación en fase final.

Pero esta lectura tiene un problema evidente: presupone que Irán está jugando el mismo juego.

Y no hay ninguna garantía de ello.

El régimen iraní no opera bajo los mismos incentivos políticos ni necesita validar su estrategia ante los mercados internacionales. Su cálculo puede ser completamente distinto, incluso si eso implica asumir costes económicos severos.

La normalización de lo inaceptable

Mientras tanto, otro elemento queda peligrosamente fuera del foco: el impacto humano.

Los bombardeos estadounidenses e israelíes están siendo descritos con una retórica de “precisión quirúrgica” que oculta una realidad mucho más incómoda. Su efecto sobre la población civil ha sido significativamente más destructivo de lo que se reconoce en el discurso público occidental.

La comparación con otros conflictos recientes, como los ataques rusos en Ucrania, revela una asimetría inquietante en la forma en que juzgamos la violencia.

No es solo una cuestión de datos, sino de percepción.

Estamos asistiendo a una progresiva normalización de lo que, hace no tanto, habría sido considerado inaceptable. Y quizás lo más preocupante no es la violencia en sí, sino la capacidad de integrarla en narrativas que la diluyen o la justifican.

Entre el farol y el shock

El escenario actual se mueve entre dos posibilidades.

La primera: todo es, en gran medida, un farol. El bloqueo forma parte de una estrategia de presión que desembocará en un acuerdo rápido. Los mercados tienen razón.

La segunda: los mercados están subestimando el riesgo. Irán no cede, el bloqueo se consolida y el mundo entra en una fase de disrupción económica de gran escala.

Entre ambas, hay una diferencia abismal.

Y, a día de hoy, nadie puede afirmar con certeza cuál de las dos se impondrá.

Quizá la única conclusión honesta sea esta: los mercados están apostando por el mejor escenario posible.

Pero apostar no es lo mismo que saber.

Beatriz Dueñas
Analista relaciones internacionales y geopolítica

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