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¿Ciudadanos o audiencia? La democracia en la era de la atención

Durante siglos, la democracia descansó sobre una idea tan sencilla como exigente: los ciudadanos debían informarse, deliberar y decidir. Gobernar una sociedad libre requería tiempo, discusión y la disposición a escuchar argumentos distintos de los propios. La política no era un espectáculo; era un espacio de confrontación de ideas donde, al menos en teoría, el mejor argumento debía tener la oportunidad de imponerse. Hoy, sin embargo, esa lógica parece haber cambiado.

La política continúa ocupando un lugar central en nuestras sociedades, pero el escenario en el que se desarrolla ya no es el mismo. Gran parte del debate público ha abandonado los parlamentos, los periódicos o incluso los espacios tradicionales de participación para instalarse en plataformas digitales diseñadas para captar nuestra atención. La política ya no solo compite con otros partidos o con otras ideas. Compite con vídeos de treinta segundos, con recomendaciones personalizadas, con anuncios, con series, con memes y con millones de estímulos que luchan por ocupar unos segundos de nuestra mirada. Y esa diferencia no es menor.

Durante mucho tiempo se pensó que la calidad de una democracia dependía, sobre todo, de la fortaleza de sus instituciones. Hoy quizá debamos añadir otro elemento: el entorno en el que los ciudadanos reciben la información. Porque cuando cambia el medio, también cambian las reglas del debate público. Marshall McLuhan formuló hace décadas una intuición que hoy parece más vigente que nunca: el medio condiciona el mensaje. No se trata únicamente de lo que se dice, sino de cómo y dónde se dice. Una plataforma diseñada para maximizar el tiempo de permanencia de sus usuarios no premia necesariamente la reflexión pausada. Premia aquello que genera interacción. Lo inmediato frente a lo reposado. La emoción frente al matiz. La reacción frente a la reflexión. No es un fenómeno exclusivamente político. Toda nuestra cultura parece haberse adaptado a esa lógica. Pero la política, quizá más que ninguna otra actividad humana, termina transformándose cuando necesita competir bajo esas mismas reglas.

En 1967, Guy Debord advertía en La sociedad del espectáculo que la representación corría el riesgo de sustituir progresivamente a la realidad. Más de medio siglo después, la tecnología no solo ha multiplicado la capacidad de producir imágenes; también ha convertido la atención en uno de los recursos más valiosos de nuestra economía. La filósofa y profesora de Harvard Shoshana Zuboff ha explicado cómo el llamado capitalismo de la vigilancia transforma nuestros datos y nuestros comportamientos en un activo económico. Las plataformas digitales no buscan únicamente conocer nuestros gustos; aspiran a predecir e influir en nuestras decisiones futuras. La política no permanece ajena a ese ecosistema.

Sería un error atribuir esta transformación a un único líder o a una determinada ideología. Tampoco sería riguroso establecer falsas equivalencias entre dirigentes que pertenecen a sistemas políticos profundamente distintos. Donald Trump, Emmanuel Macron, Pedro Sánchez o Nayib Bukele no gobiernan de la misma manera, ni responden a las mismas tradiciones institucionales, ni persiguen necesariamente los mismos objetivos. Sin embargo, todos desarrollan hoy su actividad en un espacio público condicionado por las mismas dinámicas tecnológicas. Un entorno donde la visibilidad se convierte en un recurso político de enorme valor y donde la capacidad de atraer atención puede llegar a competir con la capacidad de gobernar. Quizá el cambio más profundo, sin embargo, no se haya producido en los líderes, sino en nosotros.

Durante siglos hablamos del ciudadano como alguien llamado a participar en la vida pública. Hoy empezamos a comportarnos también como usuarios. Como audiencia. Como seguidores. Como consumidores de contenidos políticos. Esperamos respuestas inmediatas, mensajes breves, posiciones claras y emociones intensas. La política comienza a consumirse con la misma rapidez con la que deslizamos el dedo sobre la pantalla del teléfono. Y cuando la política se convierte en un producto, el riesgo es que también empecemos a elegir a nuestros representantes como elegimos cualquier otro producto de consumo. La imagen puede imponerse a la trayectoria. La capacidad de generar titulares puede eclipsar la competencia para gestionar problemas complejos. La viralidad puede parecer más valiosa que la prudencia. El conflicto obtiene más visibilidad que el consenso. El algoritmo, sin pretenderlo, acaba premiando unas cualidades y relegando otras.

No significa que la democracia haya dejado de existir. Tampoco que las redes sociales sean, por definición, una amenaza. Han ampliado la participación, han democratizado la comunicación y han dado voz a millones de personas que antes apenas podían hacerse oír. Sería injusto ignorar esos avances. Pero precisamente por eso conviene preguntarse si las herramientas que utilizamos para informarnos están modificando también nuestra forma de entender la política. La democracia necesita ciudadanos capaces de dedicar tiempo a comprender la realidad, aceptar su complejidad y convivir con el desacuerdo. Sin embargo, el ecosistema digital parece empujarnos constantemente hacia la simplificación, la inmediatez y la reafirmación de nuestras propias convicciones. El riesgo no consiste únicamente en que aparezcan líderes más carismáticos o más polarizadores. El riesgo es que dejemos de valorar aquellas virtudes que durante generaciones consideramos indispensables para gobernar una sociedad democrática.

La democracia nunca consistió únicamente en contar votos. Desde sus orígenes exigía algo más difícil: ciudadanos capaces de deliberar. Es decir, personas dispuestas a escuchar razones, contrastar argumentos y, llegado el caso, cambiar de opinión. La deliberación requiere tiempo. Requiere atención. Requiere incluso aceptar la incomodidad de convivir con la complejidad. Quizá ahí resida una de las grandes tensiones de nuestro tiempo. Las plataformas digitales han reducido drásticamente el coste de participar en el debate público, pero también han reducido el tiempo que dedicamos a comprender aquello sobre lo que opinamos. Nunca había sido tan fácil expresar una opinión; quizá nunca había sido tan difícil construir una conversación.

Durante mucho tiempo los ciudadanos discutían sobre los mismos hechos y extraían conclusiones diferentes. Hoy, cada vez con mayor frecuencia, ni siquiera compartimos el mismo punto de partida. Los algoritmos personalizan la información que recibimos, crean entornos informativos distintos y favorecen que cada grupo confirme sus propias convicciones. El desafío ya no consiste solo en debatir ideas distintas, sino en conservar un espacio común desde el que ese debate siga siendo posible. La política tampoco parece buscar siempre persuadir a quienes piensan diferente. Con frecuencia actúa como las marcas comerciales: más que convencer a nuevos ciudadanos, trata de fidelizar a los propios. El adversario deja de ser alguien con quien discrepar para convertirse en un competidor por la atención y la lealtad de una audiencia. Cuando esa lógica se impone, el ciudadano corre el riesgo de transformarse en cliente político, y la deliberación democrática deja paso a la gestión de comunidades cada vez más cerradas sobre sí mismas.

La gran pregunta de nuestro tiempo no sea únicamente qué líderes elegimos, sino qué tipo de ciudadanos estamos formando. Porque las democracias no se deterioran solo cuando fallan sus instituciones. También pueden debilitarse cuando quienes las sostienen dejan de ejercer plenamente su condición de ciudadanos para convertirse, poco a poco, en una audiencia permanente.

Eso puede ser, en el fondo, uno de los grandes desafíos de las democracias del siglo XXI. La democracia nunca consistió únicamente en contar votos. Desde sus orígenes exigía algo más difícil: ciudadanos capaces de deliberar. Es decir, personas dispuestas a escuchar razones, contrastar argumentos y, llegado el caso, cambiar de opinión. La deliberación requiere tiempo. Requiere atención. Requiere incluso aceptar la incomodidad de convivir con la complejidad.

Beatriz Dueñas
Analista relaciones internacionales y geopolítica

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