Ópera

Más allá del baile: poder, deseo y censura en Un ballo in maschera

Opéra Bastille (París) Funciones hasta el 26 de febrero de 2026 Ópera cantada en italiano, con subtítulos en francés e inglés. El libretto de Antonio Somma y la dirección musical a cargo de Speranza Scappucci, a la dirección de escena Gilbert Deflo, la coreografía es de Micha van Hoecke. Junto a la Orquesta y Coro de la Opéra national de Paris.

Cuando Giuseppe Verdi compone Un ballo in maschera (estrenada en 1859), se encuentra en uno de los momentos más complejos y fértiles de su carrera. Europa vive sacudida por tensiones políticas, revoluciones fallidas y una vigilancia férrea sobre cualquier manifestación artística que pudiera cuestionar el orden establecido. No es casual que esta ópera naciera marcada por la censura: el asesinato de un jefe de Estado en escena resultaba inaceptable para las autoridades, obligando a Verdi a modificar personajes, espacios y referencias históricas. El rey Gustavo III de Suecia se transformó en un gobernador en el Boston colonial, pero el núcleo dramático —la fragilidad del poder y la imposibilidad de controlar el deseo— permaneció intacto.

Un ballo in maschera es, en ese sentido, una ópera profundamente política, aunque Verdi la articule desde lo íntimo. Bajo la apariencia de un melodrama pasional se esconde una reflexión amarga sobre el ejercicio del poder: Riccardo no cae únicamente por una conspiración externa, sino por su incapacidad para reprimir un amor que sabe imposible. El gobernante ilustrado, amable y carismático se convierte en víctima de su propia humanidad, y Verdi lo dibuja con una música luminosa que contrasta con la oscuridad del destino que se cierne sobre él. Esa ambigüedad —la coexistencia de ligereza y tragedia— es uno de los grandes logros de la partitura.

La producción que presenta la Opéra national de Paris entiende bien esa tensión. La puesta en escena de Gilbert Deflo, ambientada en un Estados Unidos decimonónico, subraya la rigidez moral de una sociedad que castiga el desvío de la norma, especialmente cuando el deseo se filtra en los espacios del poder. Lejos de una lectura provocadora o rupturista, la propuesta opta por la claridad narrativa y por un respeto al drama verdiano, apoyándose en una escenografía sobria y eficaz que permite que los conflictos humanos —celos, culpa, traición— ocupen el centro del escenario.

En este contexto, el personaje de Amelia emerge como uno de los retratos femeninos más complejos de Verdi. No es una heroína romántica ni una simple víctima: es una mujer desgarrada entre la pasión y el deber, condenada a cargar con la culpa de un amor que nunca llega a consumarse. La célebre escena del patíbulo, con su escritura vocal exigente y su atmósfera casi opresiva, condensa esa lucha interior y confirma hasta qué punto Verdi estaba interesado en explorar los abismos emocionales de sus personajes, más allá del efectismo teatral.

La dirección musical, atenta al contraste entre los momentos de ligereza casi festiva y los estallidos de drama, refuerza esa lectura. Un ballo in maschera no avanza de forma lineal hacia la tragedia: se disfraza, como su propio título indica, de comedia elegante antes de revelar su rostro más oscuro. El baile final, lejos de ser un mero decorado espectacular, se convierte en un espacio simbólico donde todos los personajes ocultan su verdadera identidad y donde la muerte irrumpe como única verdad posible.

Más de siglo y medio después de su estreno, esta ópera sigue interpelando al espectador contemporáneo porque plantea preguntas incómodas: ¿puede el poder permitirse la debilidad?, ¿hasta qué punto el deseo es subversivo?, ¿quién paga el precio de la transgresión? La producción parisina no pretende actualizar el discurso, pero sí hacerlo legible y vigente, recordándonos que bajo las máscaras —políticas, sociales o morales— los conflictos humanos siguen siendo esencialmente los mismos.

Entre los intérpretes principales se encuentran figuras de primer nivel: Matthew Polenzani como Riccardo, equilibrando poderío vocal con sensibilidad dramática. Anna Netrebko y Angela Meade —alternándose en el papel de Amelia— aportan maestría en uno de los roles más desafiantes del repertorio verdiano femenino.  Ludovic TézierIgor Golovatenko y Ariunbaatar Ganbaatar encarnan a Renato en distintas funciones, cada uno con un matiz emocional que enriquece la complejidad del personaje.
Sara Blanch (Oscar) y Elizabeth DeShong (Ulrica) completan un reparto que mezcla juventud y experiencia con equilibrio.

Para quienes estáis en París o tengáis previsto ir en las fechas de la ópera, sin duda, es un ocasión fabulosa para disfrutar de la ópera y de Verdi en la capital francesa.

BGD editorial

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