Del 9 al 25 de enero, Una forma de vida llega a la Sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía con una adaptación escénica de la novela homónima de Amélie Nothomb, creada e interpretada por Isabelle Stoffel y Juan Ceacero, y producida por La_Compañía exlímite junto a Recycled Illusions.
La obra traslada a escena un material literario de especial complejidad: una relación epistolar sostenida en la distancia, en la ausencia de cuerpo y en la ambigüedad constante entre realidad y ficción. Publicada en 2010 y nominada al International Dublin Literary Award en 2012, la novela de Nothomb encuentra aquí una versión teatral que asume el reto de dar forma escénica a una correspondencia que, en origen, solo existe en la palabra escrita.
Una forma de vida se articula a partir del intercambio de cartas entre la propia escritora Amélie Nothomb yMelvin Mapple, un soldado estadounidense destinado en Irak que le escribe desde el frente buscando comprensión. A través de sus misivas, Melvin relata su experiencia en la guerra y, sobre todo, su progresiva obesidad, desarrollada como respuesta al horror cotidiano. En el contexto del conflicto iraquí, la obra introduce la idea de la obesidad como “enfermedad de guerra”: una forma de llenar el vacío interior mediante el consumo compulsivo de comida basura, convirtiendo el cuerpo en refugio y, al mismo tiempo, en campo de batalla.
La correspondencia establece una relación profundamente asimétrica. Para Melvin, ser leído y respondido se convierte en el sentido mismo de su existencia; para Amélie, amante del género epistolar, escribir es una forma de indagar en la intimidad del otro desde una distancia segura. Esa escucha —entendida como hospitalidad interior— va desdibujando los límites de la escritora, que no percibe hasta demasiado tarde el lugar que el soldado ha comenzado a ocupar en su vida. Cuando las cartas cesan, el silencio abre un vacío que la confronta con su propia identidad y con el sentido de la creación.
Isabelle Stoffel
“La naturaleza del género epistolar se me reveló: una forma de escritura dedicada a otra persona. Las novelas, poemas y demás son textos en los que los demás pueden entrar o no. Las cartas, en cambio, no existen sin la otra persona, y su misión es precisamente la epifanía del destinatario.”
Amélie Nothomb
Pese a la dificultad que entraña representar teatralmente una novela basada en una relación epistolar, el montaje se resuelve de forma eficaz para el espectador. La adaptación logra ir más allá de la literalidad de la carta y conduce la narración hacia la voz interior de los personajes, permitiendo seguir la trama y su evolución emocional sin perder claridad.
Uno de los grandes aciertos del espectáculo es su apoyo plástico. La escena se puebla de una amalgama de cojines de gran tamaño, forrados en tonos carne, que funcionan como una poderosa metáfora visual del peso de la grasa: amorfa, voluminosa, omnipresente. Lejos de transmitir el confort que Melvin Mapple afirma sentir, estos cuerpos blandos generan una sensación de angustia física, casi opresiva. El contraste entre lo que se dice y lo que se ve resulta inquietante: lo que se presenta como refugio se revela también como amenaza.
El texto sostiene el conjunto con solvencia. No podía fallar tratándose de una adaptación de Amélie Nothomb, cuyo dominio de la palabra, del diálogo y de la ironía es indiscutible. Con defensores y detractores, su obra sigue generando adhesiones mayoritarias, y aquí su riqueza literaria se convierte en un soporte sólido para la escena, sin perder densidad ni extrañeza.
Juan Ceacero
Juan Ceacero construye un Melvin Mapple creíble, pese a la dificultad de encarnar a un personaje cuya existencia nunca termina de confirmarse, mediada únicamente por cartas y por la imaginación del lector —o del espectador—. Desde la butaca, uno va tejiendo físicamente a Mapple: rodeado de comida, llenando su vacío interior con una grasa con la que parece mantener un idilio íntimo y autodestructivo. El cuerpo aparece así como protesta política, pero también como condena: engordar de forma consciente como una forma de vida que, paradójicamente, la pone en riesgo y la acerca a la muerte.
Isabelle Stoffel pone voz y cuerpo a una Amélie Nothomb escurridiza, irónica y emocionalmente contenida. Hay momentos en los que el espectáculo se permite abrirse al movimiento creativo, a una expresión corporal que va más allá de la palabra, recordando que no se trata solo de narrar una historia, sino de darle cuerpo escénico a un conflicto interior. El lenguaje del cuerpo acompaña, tensiona y en ocasiones contradice el discurso verbal, enriqueciendo la experiencia teatral.
En conjunto, Una forma de vida funciona con solidez pese a la complejidad de su planteamiento. Pero más allá de su eficacia escénica, la obra deja flotando una pregunta incómoda y profundamente contemporánea: ¿qué ocurre cuando el cuerpo se convierte en vía de escape y, al mismo tiempo, en instrumento de castigo?
“Necesito estar muy hambrienta todo el tiempo. Necesito estar muy hambrienta para escribir.”
Amélie Nothomb
La alimentación extrema, el consumo compulsivo de fast food, la autodestrucción asumida como gesto político o poético apuntan a una enfermedad que no es solo individual, sino también mental y colectiva. Una forma de vida habla, en última instancia, de la imposibilidad de huir de uno mismo: de cómo se intenta escapar del propio cuerpo utilizándolo como herramienta, forzándolo, castigándolo, hasta hacerlo irreconocible. Y de cómo la escritura —o el arte— puede ser tanto una salida de emergencia como una trampa más refinada. Una forma de vida, sí, pero también una forma de exponerse al abismo.