Ópera

El sueño de una noche de verano de Britten en el Teatro Real.

El bosque donde todo cambia

El sueño de una noche de verano de Britten regresa al Teatro Real

Hay bosques en la literatura que funcionan como umbrales: espacios donde lo cotidiano se suspende y donde los personajes —y quizá también los espectadores— descubren algo inesperado sobre sí mismos. El bosque nocturno de Sueño de una noche de verano pertenece a esa geografía imaginaria. Allí se cruzan hadas y mortales, amantes confundidos y artesanos ingenuos, criaturas del deseo y del sueño. De ese territorio ambiguo nace la fascinante ópera que Benjamin Britten compuso en 1960 a partir de la célebre comedia de William Shakespeare. En ese bosque nocturno donde lo humano y lo fantástico se entrelazan, Britten encontró el escenario perfecto para explorar, con música y teatro, la naturaleza cambiante del deseo y la frágil frontera entre sueño y realidad.

Entre el 10 y el 22 de marzo, el Teatro Real presenta una nueva producción de esta obra que vuelve al escenario madrileño veinte años después de su última aparición. La propuesta reúne al equipo artístico que ya firmó dos memorables aproximaciones al universo operístico de Britten en el Real: Billy Budd (2017) y Peter Grimes (2021). Al frente de la dirección musical regresa Ivor Bolton, que vuelve a ponerse al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real tras una década como su director musical. La dirección de escena es de Deborah Warner, acompañada por la coreografía de Kim Brandstrup.

Un bosque donde convergen tres mundos

La puesta en escena potencia el carácter fantástico y perturbador de la obra. En ese bosque imaginado por Warner conviven simultáneamente los tres universos dramáticos ideados por Shakespeare y recreados musicalmente por Britten: el reino de las hadas, el mundo emocional de los amantes atenienses y el grupo de rústicos artesanos que ensayan torpemente una representación teatral.

La escenografía concebida por Christof Hetzer plantea un espacio que funciona como instalación conceptual donde todos estos mundos se entrecruzan, mientras la iluminación de Urs Schönebaum revela las distintas capas del bosque nocturno. El vestuario de Luis Filipe Carvalho subraya visualmente la diferencia entre los tres grupos que protagonizan esta noche de caos, deseo y libertad.

Shakespeare a través del filtro de Britten

La historia de esta ópera comienza con un encargo. En 1960 Britten recibió la propuesta de componer una obra para la inauguración del renovado Jubilee Hall del Aldeburgh Festival. Con apenas un año para completar la partitura, el compositor decidió escribir él mismo el libreto junto a su compañero artístico y vital, el tenor Peter Pears, partiendo directamente de la comedia de Shakespeare.

La adaptación conserva prácticamente todo el texto original, con una única supresión —la frase “Compelling thee to marry with Demetrius”— y una decisión estructural fundamental: eliminar el primer acto ambientado en Atenas y comenzar directamente en el bosque encantado. De este modo, la ópera se instala desde el primer momento en un territorio onírico donde realidad y fantasía se confunden.

Ese bosque es también un espacio psicológico. Allí se despliegan los celos de Oberon hacia Tytania, el caos amoroso que envuelve a Hermia, Lisandro, Demetrio y Helena, y la comicidad ingenua de los artesanos que preparan la representación de Píramo y Tisbe. Una mascarada nocturna donde el amor aparece como una fuerza tan poderosa como caprichosa.

Tres mundos musicales

Britten traduce esta compleja arquitectura dramática en tres universos sonoros claramente diferenciados. El reino de las hadas se caracteriza por timbres etéreos —arpa, celesta, cuerdas agudas y voces infantiles— que evocan un paisaje suspendido y casi hipnótico. El papel de Oberon, escrito para contratenor, refuerza ese carácter extraño y sobrenatural.

Las parejas atenienses, en cambio, se expresan a través de líneas líricas cargadas de tensión emocional, donde los cambios armónicos reflejan la inestabilidad del deseo. Frente a ellos, los artesanos protagonizan una música deliberadamente paródica, llena de guiños a la tradición operística y de humor teatral. Los artesanos ensayan la tragedia de Píramo y Tisbe, introduciendo uno de los recursos más fascinantes de la obra: el teatro dentro del teatro, donde Shakespeare —y Britten tras él— se permite ironizar sobre las convenciones del propio arte dramático.

Un reparto coral

Para dar vida a este universo escénico, el Teatro Real cuenta con un amplio reparto encabezado por el contratenor Iestyn Davies como Oberon y la soprano Liv Redpath como Tytania. El personaje travieso de Puck está interpretado por Daniel Abelson, con la participación del bailarín aéreo Juan Leiba. El papel de Oberon como contratenor, refuerza su naturaleza ambigua y sobrenatural, situándolo en una zona sonora distinta a la de los personajes humanos, como si su voz perteneciera verdaderamente al mundo del bosque.

Completan el elenco Thomas Oliemans (Theseus), Christine Rice (Hippolyta), Sam Furness (Lysander), Jacques Imbrailo (Demetrius), Simone McIntosh (Hermia) y Jacquelyn Wagner (Helena). El grupo de artesanos está formado por Clive Bayley (Bottom), Henry Waddington (Quince), Ru Charlesworth (Flute), Stephen Richardson (Snug), John Graham-Hall (Snout) y William Dazeley (Starveling).

El mundo feérico adquiere además una dimensión especial gracias a la participación del coro infantil Pequeños Cantores de la ORCAM, dirigido por Ana González, junto a veinte niños actores y jóvenes bailarines. Están todos fabulosos.

Britten en el Teatro Real

Desde su reapertura en 1997, el Teatro Real ha mantenido una presencia constante de la obra de Britten en su programación. Tras el éxito inicial de Peter Grimes, han seguido títulos como La violación de LucreciaUna vuelta de tuercaMuerte en VeneciaGloriana y Billy Budd, consolidando la presencia del compositor británico como uno de los grandes nombres del repertorio operístico del siglo XX.

Veinte años después de su última representación en Madrid, El sueño de una noche de verano vuelve ahora para llenar el escenario de criaturas fantásticas, deseos erráticos y juegos teatrales. Una noche de desorden, humor y misterio donde todo parece posible.

Porque, al fin y al cabo, cuando amanece después de esa noche en el bosque, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué ocurrió realmente mientras dormíamos? Tal vez por eso, cuando llega el amanecer y el bosque vuelve a callar, los personajes —y también el público— regresan a la realidad con la sensación de haber atravesado un territorio donde el amor, el sueño y la imaginación hablan un lenguaje distinto.

BGD


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