Estados Unidos e Israel han lanzado una operación militar masiva contra Irán que ha culminado con la muerte de Ali Jamenei, la destrucción de infraestructuras clave y la apertura de un nuevo frente activo en Oriente Medio. Bajo los nombres en clave de “Roaring Lion” y “Epic Fury”, los ataques buscan desmantelar capacidades militares y nucleares iraníes y, de facto, reordenar el equilibrio de poder interno en la República Islámica, mientras Teherán responde con misiles en toda la región, el estrecho de Ormuz se vacía de buques y el mundo observa cómo se reabre el debate sobre quién decide el futuro de un país a golpe de guerra.
Cómo hemos llegado hasta aquí
La ofensiva del 28 de febrero no sucede de la nada. Desde junio de 2025, Israel y Estados Unidos han ensayado una secuencia de golpes y contragolpes con Irán: grandes ataques a instalaciones nucleares y militares iraníes, seguidos de oleadas de misiles y drones iraníes sobre ciudades israelíes y bases estadounidenses en Qatar y otros países del Golfo, y breves altos el fuego negociados a trompicones. En paralelo, las negociaciones sobre el programa nuclear se han ido erosionando, mientras la red de milicias aliadas de Teherán se consolidaba en Irak, Siria, Líbano o Yemen, reforzando la percepción, en Israel y en Washington, de que el statu quo era cada vez más inaceptable.
La doctrina de seguridad israelí aporta aquí un marco de continuidad. Desde el bombardeo del reactor iraquí de Osirak en 1981 hasta la destrucción del reactor sirio en 2007, Israel ha hecho de los ataques preventivos contra amenazas estratégicas una herramienta central de su política exterior. Aplicado a Irán, ese reflejo se ha traducido en décadas de operaciones encubiertas, sabotajes y ataques a infraestructuras militares y nucleares que rara vez se admiten abiertamente, pero que forman parte de la normalidad estratégica de la región. La diferencia ahora reside en la escala y la visibilidad: una operación conjunta con Estados Unidos que no se limita a castigar, sino que apunta al corazón del sistema.
Cronología mínima de la ofensiva
La mañana del sábado 28 de febrero, alrededor de las 9:45 en Teherán, comienzan los primeros bombardeos sobre la capital y otras ciudades como Isfahán, Qom, Karaj o Kermanshah. Aviones israelíes y misiles, drones estadounidenses golpean centros de mando de la Guardia Revolucionaria, defensas aéreas, bases de lanzamiento de misiles y drones, aeródromos militares y nodos de la red naval iraní, en una campaña que combina ataques desde el aire y desde el mar.
Pocas horas después, Donald Trump comparece durante 8 minutos para anunciar que se han iniciado “operaciones de combate mayores” y que el objetivo es garantizar que Irán nunca obtenga un arma nuclear, desmantelar su capacidad de proyectar violencia en la región y pedir a los iraníes que “tomen el control de su destino” y “se apoderen de su gobierno cuando acabemos”. En paralelo, fuentes estadounidenses e israelíes filtran que la ofensiva llevaba meses preparándose y que se ha lanzado en un momento cuidadosamente escogido para lograr “sorpresa táctica”.
En cuestión de horas, medios internacionales confirman lo que primero circula como rumor: el líder supremo Ali Jamenei ha muerto en uno de los ataques contra su complejo en Teherán, junto con otros altos cargos como el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Shamjani. Según cálculos citados por organizaciones humanitarias y la propia Media Luna Roja iraní, al final del primer día hay ya más de 200 muertos y varios centenares de heridos en distintas provincias.
La respuesta iraní se despliega en varias direcciones. Teherán lanza decenas de misiles y drones contra Israel y contra bases estadounidenses en Irak, Jordania, Kuwait, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos, con daños más limitados de lo esperado, según reconoce el propio Pentágono, que habla de “cientos de misiles y drones interceptados” y de un impacto operativo relativamente bajo sobre sus instalaciones. La escalada se traduce de inmediato en cierres parciales de espacio aéreo y en un desplome del tráfico en el estrecho de Ormuz, una arteria por la que circula cerca del 20% del petróleo mundial, mientras grandes navieras y petroleras suspenden o desvían sus rutas.
Golpear al régimen… y abrir un vacío
La muerte de Jamenei convierte lo que podía haber sido “solo” una ofensiva punitiva en un momento de ruptura política. Análisis publicados en las horas siguientes coinciden en que el sistema iraní afronta ahora el escenario para el que muchos think tanks y servicios de inteligencia llevaban años preparándose en informes discretos: la sucesión en el liderazgo supremo. La Constitución iraní prevé, en teoría, que el Consejo de Expertos designe a un nuevo líder o establezca un liderazgo colectivo, con la posibilidad de un líder interino; en la práctica, se perfila una pugna entre la Guardia Revolucionaria, el clero y diversas facciones políticas para ocupar el espacio dejado por Jamenei.
Los primeros movimientos apuntan a la formación de una dirección provisional y al intento del régimen de proyectar continuidad: altos cargos prometen seguir “el camino marcado por el líder mártir” y presentan a figuras interinas como garantes de estabilidad mientras se prepara un nombramiento definitivo. Pero la fractura social ya estaba ahí, desde las grandes protestas de 2019 hasta el ciclo “Mujer, vida, libertad” de 2022–2023; la desaparición del líder supremo puede desencadenar tanto movilizaciones celebrando su muerte como expresiones de duelo en sectores leales, con un riesgo real de choques internos, represión y nuevas olas de exilio.
Organizaciones como Amnistía Internacional documentan desde hace años un patrón sistemático de violaciones de derechos humanos en Irán: detenciones arbitrarias, torturas, flagelaciones, persecución de activistas —especialmente de mujeres— y un uso extensivo de la pena de muerte incluso para delitos que la comunidad internacional considera menores. La caída de Jamenei no borra de un plumazo esa realidad, pero abre una ventana de incertidumbre donde el futuro del régimen —y de quienes lo desafían desde dentro— se decidirá bajo la presión simultánea de las bombas, de las luchas de facción y de las expectativas de una sociedad exhausta.
La región alrededor: milicias, estrechos y equilibrios
Fuera de Irán, el temblor se siente en todos los frentes. Hizbulá ha expresado su “plena solidaridad” con Teherán y ha advertido de “consecuencias graves” para la región si la ofensiva queda sin respuesta, elevando su nivel de alerta pero sin anunciar una entrada inmediata en guerra, consciente del coste que tendría para un Líbano ya devastado por crisis anteriores. Otras milicias aliadas de Irán en Irak y Siria han reivindicado ataques contra posiciones estadounidenses, reforzando la sensación de que estamos ante una guerra extendida, que puede ir encendiéndose por oleadas en distintos puntos del mapa.
En el Golfo, los gobiernos de Arabia Saudí, Emiratos, Catar, Kuwait y Bahréin se encuentran en una posición incómoda: albergan bases estadounidenses que han sido blanco de misiles iraníes, dependen del paso de Ormuz para exportar su petróleo y gas y temen, a la vez, tanto a un Irán más agresivo como a una guerra descontrolada que afecte a su propia supervivencia. Turquía, por su parte, suspende vuelos a varios países de la región, cierra parcialmente su espacio aéreo y mira con inquietud cómo se compactan de nuevo las líneas chií–suní en su vecindad inmediata.
China observa el estrecho de Ormuz con la mirada fría del actor que sabe que por allí pasa una parte crítica de su energía: su embajador ante la ONU, Fu Cong, se ha declarado “profundamente preocupado” por la escalada, ha pedido un alto el fuego inmediato y ha insistido en la necesidad de volver a la vía diplomática y al respeto a la soberanía, un lenguaje prudente pero cargado de intereses materiales. Si el semicolapso actual de Ormuz se consolida, Pekín tendrá muy difícil mantener esa distancia calculada.
Viejos fantasmas: Afganistán, Irak y la promesa de liberación
El discurso de la Casa Blanca, al invocar a los iraníes a “tomar el control” de su país y presentar la operación como una oportunidad histórica para liberarse del régimen, activa recuerdos incómodos. En Afganistán, la guerra se presentó como una cruzada contra el terrorismo y una empresa de emancipación de las mujeres; en Irak, como el inicio de una nueva era para un pueblo liberado de la tiranía de Sadam Husein y de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
En Irán, la combinación es distinta —no hay un 11-S que sirva de mito fundacional—, pero la gramática es similar: amenaza existencial, promesa de liberación, apelación a una población que sufre para justificar un uso del poder militar decidido sin su participación. La historia reciente de Afganistán e Irak invita a mirar con escepticismo cualquier relato que presente la guerra como atajo hacia la democracia, especialmente cuando las estructuras internas del país en cuestión —desde la Guardia Revolucionaria hasta el Consejo de Guardianes— están diseñadas para sobrevivir, adaptarse o mutar antes que para desaparecer.
Lo que se juega ahora
Lo que está en curso no es solo un ataque masivo a infraestructuras y líderes iraníes, sino una apuesta por reconfigurar el equilibrio de poder en la República Islámica y en toda la región. Estados Unidos e Israel confían en que la combinación de golpes militares, presión económica y apelaciones a la sociedad iraní pueda finalmente torcer el rumbo de un régimen que consideran irreformable; Irán responde tratando de demostrar que sigue siendo capaz de proyectar fuerza más allá de sus fronteras, de activar a sus aliados y de controlar, al menos en parte, la sucesión.
Entre medias, la Unión Europea, Francia y el Reino Unido condenan los ataques iraníes y llaman a la contención, pero se resisten a aplaudir una estrategia de bombardeos que recuerdan demasiado a sus sociedades a los errores de Afganistán e Irak. Rusia denuncia un acto de agresión y un “espectáculo de hipocresía” occidental, intentando capitalizar el malestar del llamado Sur Global al tiempo que oculta sus propias guerras; China se mueve con cautela, pero sabe que su margen de neutralidad se estrechará si el conflicto termina estrangulando las rutas energéticas de las que depende.
Para Irán, el desafío inmediato es sobrevivir al golpe sin implosionar. Para la región, evitar que este nuevo frente active todos los conflictos latentes a la vez. Y para quienes miramos desde fuera, la tarea incómoda —y necesaria— consiste en sostener dos ideas a la vez: que el régimen iraní ha sido y es profundamente opresivo, y que la forma en que se le combate puede abrir, una vez más, la puerta a un ciclo largo de guerra, vacíos de poder y tutelas externas del que cuesta mucho más salir que entrar.
Si los ataques contra bases estadounidenses y posiciones de sus aliados en la región continúan, la guerra corre el riesgo de abandonar el terreno de la “operación limitada” para deslizarse hacia un conflicto total, difícil de contener en las fronteras de Irán. Cada misil lanzado sobre instalaciones en Irak, Jordania, el Golfo o Israel aumenta la presión para responder no solo contra las capacidades iraníes, sino también contra la red de milicias que Teherán ha tejido en todo Oriente Medio, abriendo la puerta a una espiral de represalias cruzadas y a la entrada formal de más actores estatales en el campo de batalla. En un escenario así, la pregunta ya no sería solo qué régimen gobernará en Teherán, sino si la región está dispuesta —o en condiciones— de soportar otra guerra larga de frentes múltiples, con el estrecho de Ormuz como rehén, las sociedades exhaustas y un sistema internacional que, una vez más, llega tarde a la diplomacia y demasiado pronto a los hechos consumados militares.














