El imperativo categórico, escrita y dirigida por Victoria Szpunberg y producida por el Teatre Lliure, vuelve a La Abadía después de haberse estrenado en febrero de 2024 y de haber recibido una importante cosecha de reconocimientos, entre ellos el Premio Butaca y el Premio de la Crítica al mejor texto, el Premio Max a la mejor actriz y el Premio Nacional de Literatura Dramática 2025 para Szpunberg. Una obra que habla de ética, vivienda, precariedad, soledad y de esa frontera cada vez más estrecha entre permanecer dentro del sistema o acabar definitivamente fuera de él. La podéis ver hasta el 4 de octubre.
Clara G. es profesora asociada de ética en la Facultad de Filosofía. Ha pasado de los cincuenta, acaba de separarse, no consigue una plaza estable en la universidad y está a punto de perder su casa. Lo que parecía una vida más o menos ordenada empieza a desmoronarse pieza a pieza. Llegan los desmayos, los ruidos, los pensamientos oscuros, la sensación de estar perdiendo el control. Clara ha formado parte del sistema y ha hecho, aparentemente, todo aquello que se esperaba de ella. Sin embargo, cada vez está más arrinconada. Cada vez más cerca del margen. Y ahí comienza la verdadera pregunta de la obra: ¿qué hacemos cuando las reglas que hemos aprendido a respetar ya no parecen servirnos para sobrevivir?
Szpunberg construye un texto eficaz porque parte de cuestiones que, aunque no nos afecten exactamente de la misma manera que a Clara, reconocemos. La vivienda. La dificultad de llegar a fin de mes. La incertidumbre laboral. La soledad. La separación. La edad. Esa llamada mitad de la vida en la que, paradójicamente, parece que deberíamos tener ya una vida construida, como si supiéramos cuánto nos queda y, por tanto, cuánto tiempo tenemos todavía para empezar de nuevo. Pero nada es seguro.
Clara tiene trabajo y lo pierde. Tiene casa y está a punto de perderla. Tiene marido y deja de tenerlo. Tiene una posición dentro del sistema y empieza a descubrir que esa posición era mucho menos sólida de lo que pensaba. La obra no necesita convertirla en una heroína excepcional. Precisamente lo contrario: Clara es alguien que ha intentado hacer las cosas bien. Una mujer que ha respetado las normas, que ha trabajado, enseñado y cumplido con lo que se esperaba de ella. La propia Szpunberg explica que le interesaba precisamente construir un personaje que no fuera una paria ni una revolucionaria, sino alguien situado en esa frontera en la que un incidente puede hacerla caer hacia el otro lado. Y esa frontera es quizá el verdadero territorio de El imperativo categórico.
Clara enseña ética. Y el título no es casual. El imperativo categórico de Kant, uno de los conceptos fundamentales de su pensamiento moral, plantea una norma que debe orientar nuestra conducta con independencia de las circunstancias. La obra coloca a una mujer experta en Kant exactamente en el lugar donde las circunstancias empiezan a hacer que cualquier principio resulte mucho más difícil de aplicar. No estamos ante una tesis filosófica, ni pretende serlo. La propia autora lo señala: la filosofía está en el trasfondo de la pieza, junto a sus referencias a Kafka y Walter Benjamin. Pero precisamente por eso funciona: porque las ideas no aparecen para ser explicadas, sino para ser puestas a prueba en el cuerpo y en la vida de Clara. Y entonces aparece Kafka.
Clara habla a sus alumnos de El proceso, y poco a poco ella misma parece entrar en una especie de proceso kafkiano. Está dentro de un sistema que debería ser racional y comprensible, pero no encuentra un interlocutor seguro al que poder trasladar lo que le sucede. Cada puerta conduce a otra puerta. Cada institución tiene su lenguaje, su procedimiento, su explicación. Pero nadie parece capaz de ofrecer una respuesta que realmente la acompañe. La profesora que explicaba a Kafka acaba viviendo su propia versión de Kafka. Y cuanto más intenta comprender qué debe hacer, más difícil resulta saber qué significa exactamente hacer lo correcto.
¿Aguantar? ¿Resignarse? ¿Quejarse? ¿Tomar partido? ¿Actuar?
Y, si hay que actuar, ¿contra quién o contra qué?
¿Contra uno mismo? Cuando la soledad y la presión terminan por volverse insoportables. Contra quienes nos rodean. Contra las instituciones. Contra un sistema que parece exigir responsabilidad individual mientras deja cada vez menos espacio para vivir dignamente. En ese contexto aparece un cuchillo de cocina fabulosamente afilado. El objeto podría ser simplemente una amenaza, pero Szpunberg hace algo bastante más interesante con él: convierte el cuchillo en una posibilidad. En una grieta. En ese instante en que la brújula ética de Clara parece recuperar el norte precisamente cuando aparece ante ella la posibilidad de transgredir aquello que hasta entonces había considerado incuestionable. Se describe a Clara como alguien que transita por las “áreas grises de la moralidad”, en una frontera donde un incidente puede hacerla caer tanto del lado de lo aceptado como del de lo reprobable. La situación resulta incómoda porque podemos comprenderla.
Y ahí está buena parte de la inteligencia del texto.
Sandra Monclús interpreta a Clara sin estridencias, dejando que la angustia aparezca de manera progresiva, casi acumulativa. No necesitamos que el personaje nos explique constantemente que está desesperado: lo entendemos. La vemos perder certezas y, con ellas, la capacidad de confiar en que existe una salida razonable. La interpretación consigue que el espectador llegue a comprender algo inquietante: cuando alguien ha perdido casi todo y siente que ya no tiene nada más que perder, determinadas decisiones que desde fuera parecen impensables pueden empezar a adquirir una lógica interna.
Frente a ella, Xavi Sáez interpreta a Él, pero en realidad son muchos hombres. Jefe de departamento, médico, policía y otras figuras que van apareciendo en el recorrido de Clara. Un único intérprete para una galería de personajes que terminan funcionando casi como distintas caras de una misma estructura. No necesariamente porque todos sean iguales, sino porque Clara se encuentra una y otra vez con interlocutores incapaces de ofrecerle aquello que necesita: una respuesta, una salida o simplemente alguien que escuche. Es una solución escénica sencilla y muy eficaz. Y en medio de todo esto está el humor.
Porque El imperativo categórico habla de asuntos profundamente serios —la precariedad universitaria, la vivienda, la soledad, la invisibilidad de una mujer que ha pasado de los cincuenta—, pero no se deja aplastar por ellos. El humor aparece como un respiro y, al mismo tiempo, como una herramienta de precisión. Nos reímos y, apenas un instante después, nos damos cuenta de que quizá nos hemos reído de algo que también nos preocupa. Ese es uno de los grandes aciertos del texto: consigue que el espectador piense, más de una vez, “eso lo pienso yo también”, “a mí me ocurre algo parecido” o, sencillamente, “entiendo lo que está viviendo Clara”.
Szpunberg ha explicado que parte de la historia de la vivienda nació también de su propia experiencia buscando piso y descubriendo en primera persona una situación que hasta entonces conocía principalmente a través de noticias y conversaciones. La precariedad universitaria surgió, a su vez, de conocer las condiciones de profesores asociados y comprobar hasta qué punto alguien dedicado a transmitir conocimiento puede encontrarse en una situación de enorme vulnerabilidad. Esa experiencia se nota en el texto: las situaciones tienen algo reconocible, incluso incómodamente cotidiano. Pero la obra no se queda en la denuncia. Lo que plantea es más amplio: qué ocurre con nuestros principios cuando las condiciones materiales que permiten sostenerlos empiezan a desaparecer.
La cuestión de la vivienda se convierte así en una cuestión moral. La universidad, en una cuestión de poder. La soledad, en una cuestión política y humana. Y la edad, en una frontera que la sociedad puede convertir en invisibilidad. Clara no cae porque haya decidido rebelarse contra el mundo. Cae, precisamente, porque durante mucho tiempo ha intentado cumplir sus reglas. Y quizá esa sea la paradoja más interesante del imperativo categórico de Szpunberg: ¿qué sucede cuando hacer las cosas bien deja de garantizar que podamos vivir bien?
La puesta en escena acompaña esta deriva sin necesidad de subrayarla. Judit Colomer firma el espacio escénico; Joana Martí, el vestuario; Lucas Ariel Vallejo, el espacio sonoro; y Marc Lleixà, la iluminación. Albert Pijuan participa como asesor dramatúrgico y Ana Pérez como asesora de movimiento. Todo está al servicio de una narración que mantiene un buen ritmo y que consigue contar mucho en aproximadamente una hora y media.
Victoria Szpunberg, dramaturga y directora, cuenta con una larga trayectoria en la escena catalana y ha estrenado trabajos en el Teatre Nacional de Catalunya, el Teatre Lliure, la Sala Beckett y otros escenarios españoles e internacionales. El imperativo categórico confirma además una línea de trabajo en la que mujeres aparentemente corrientes se convierten en el centro de conflictos que están lejos de serlo.
Al salir del teatro queda una pregunta que quizá no tiene una respuesta cómoda. Cuando las certezas desaparecen y las instituciones que deberían sostenernos dejan de hacerlo, ¿cuánto tiempo podemos seguir comportándonos como si las reglas fueran las mismas y existieran para todos? ¿Qué pasa cuando estás solo e indefenso y las leyes no se aplican o se interpretan en tu contra? Es de esas obras que generan un debate, mejor aún, un dialogo y te invitan a reflexionar y comentar dónde estamos como sociedad y hacia dónde nos dirigimos. Sin lugar a dudas es algo inquietante.
No os la perdáis, es un texto necesario.
BGD














