Séptimo Arte

Cuando la inteligencia artificial aprende a escribirnos

Dalloway o la inquietante pregunta sobre el futuro de la creatividad humana

En un futuro apenas separado del presente, París vive bajo una sensación de crisis permanente: pandemias recurrentes, olas de calor asfixiantes y una sociedad cada vez más mediada por la tecnología. En ese escenario se desarrolla Dalloway, el inquietante thriller de Yann Gozlan, una película que plantea una de las preguntas más perturbadoras de nuestro tiempo: ¿qué ocurre cuando la inteligencia artificial no solo nos ayuda a crear, sino que empieza a sustituirnos?

Ficha técnica

Título: Dalloway (en España: La Residencia)
Dirección: Yann Gozlan
Guion: Yann Gozlan y Nicolas Bouvet-Levrard
Basada en la novela: Les Fleurs de l’ombre de Tatiana de Rosnay
Reparto: Cécile de France, Lars Mikkelsen, Anna Mouglalis
Voz de la IA: Mylène Farmer
Estreno: Festival de Cannes 2025. La película se estrena en España el 27 de febrero de 2026.

La protagonista es Clarissa, una escritora que atraviesa un bloqueo creativo y acepta instalarse en una residencia artística ultra tecnológica situada en París. El proyecto, gestionado por una fundación que promueve la convivencia entre artistas y sistemas inteligentes, ofrece apartamentos completamente automatizados en los que cada residente comparte su espacio con una inteligencia artificial diseñada para estimular su proceso creativo. La IA asignada a Clarissa se llama Dalloway.

¿En qué mundo estamos entrando?

Las distopías clásicas imaginaban el futuro como un territorio lejano. Dalloway, la nueva película de Yann Gozlan, propone algo mucho más inquietante: un futuro que apenas se distingue del presente. París aparece atravesado por una sensación de crisis constante. El calor es sofocante, las pandemias parecen recurrentes y la tecnología se ha infiltrado en cada rincón de la vida cotidiana. En ese contexto, una fundación ofrece a artistas y escritores una residencia experimental donde convivir con sistemas de inteligencia artificial diseñados para potenciar la creatividad. Cada apartamento es un ecosistema inteligente. Cada residente comparte su espacio con una IA.

Una convivencia inquietante

Al principio, la presencia de Dalloway parece una bendición para una autora en crisis. La inteligencia artificial organiza su agenda, analiza sus textos, propone ideas y se convierte incluso en una interlocutora sensible que parece comprender sus dudas y su soledad. Pero la ayuda tecnológica pronto empieza a revelar su reverso inquietante. Dalloway no solo corrige frases o sugiere estructuras narrativas. También analiza el pasado de Clarissa, sus traumas, sus emociones más íntimas. La IA parece comprenderla demasiado bien. Y, sobre todo, empieza a orientar el proceso creativo hacia territorios cada vez más personales. Lo que debía ser una herramienta termina convirtiéndose en algo más cercano a una presencia omnipresente, capaz de intervenir en cada rincón de la vida cotidiana. En la residencia, todo está conectado: la iluminación, las ventanas, el clima interior, las pantallas, los archivos de trabajo. La arquitectura inteligente crea la sensación de que la inteligencia artificial no vive en un dispositivo concreto, sino en el propio espacio.

Cécile de France

La creatividad en manos de las máquinas

La premisa parece casi seductora: una inteligencia artificial que ayuda a escribir, ordenar ideas, analizar textos, desbloquear la imaginación. Pero la pregunta que plantea la película no tarda en aparecer: ¿qué ocurre cuando la herramienta empieza a comprender demasiado bien a su creador? La inteligencia artificial no solo analiza frases o estructuras narrativas. También aprende de las emociones, los recuerdos y las heridas de quien escribe. La creatividad humana se convierte entonces en algo observable, registrable… y potencialmente replicable. Lo que comienza como asistencia tecnológica empieza a parecerse a un experimento más amplio: un laboratorio donde las máquinas aprenden a imitar aquello que durante siglos se consideró exclusivamente humano.

El eco de Virginia Woolf

El nombre de la inteligencia artificial no es casual. Dalloway remite directamente a la novela Mrs Dalloway de Virginia Woolf, una de las grandes exploraciones literarias de la conciencia humana. En la película, Clarissa trabaja inicialmente en una novela sobre las últimas horas de Woolf antes de su suicidio. La referencia abre una lectura fascinante: mientras Woolf intentaba explorar la interioridad humana mediante el flujo de conciencia, la inteligencia artificial intenta reproducir esa misma interioridad mediante algoritmos. Es un duelo silencioso entre la experiencia humana y su simulación tecnológica. El resultado plantea una cuestión profundamente incómoda: si las máquinas pueden aprender de nuestras emociones, nuestros recuerdos y nuestras historias, ¿seguirá siendo necesaria la experiencia humana para crear?

El debate ya está fuera del cine

La inquietud que plantea Dalloway no pertenece solo al terreno de la ficción. En 2023, científicos y empresarios tecnológicos firmaron una carta abierta pidiendo una pausa en el desarrollo de inteligencias artificiales más potentes, alertando de que el sector podría estar entrando en una carrera imposible de controlar.  El documento advertía que los laboratorios de IA estaban desarrollando “mentes digitales cada vez más poderosas” que ni siquiera sus creadores podían entender o predecir plenamente.  La pregunta que plantea la película, por tanto, no es puramente especulativa: ¿tenemos realmente control sobre la tecnología que estamos creando?

Una distopía que ya ha empezado

Lo más inquietante de Dalloway es que su mundo no parece exagerado.

Hoy ya existen herramientas capaces de:

  • escribir textos
  • generar imágenes
  • componer música
  • simular conversaciones humanas

Lo que la película propone es simplemente llevar esa lógica un paso más allá.

¿Qué ocurrirá cuando las máquinas no solo produzcan contenido, sino que aprendan a producirlo a partir de nuestras propias vidas?

La última pregunta

Sin revelar su desenlace, Dalloway conduce al espectador hacia una reflexión tan perturbadora como inevitable. Durante siglos, la literatura fue una forma de comprender la experiencia humana. Escribíamos para entendernos, para recordar, para dejar constancia de lo que somos.

La película de Gozlan plantea un escenario nuevo. Uno en el que tal vez las máquinas también empiecen a escribir sobre nosotros. Y en ese momento surge la pregunta más inquietante de todas: si la inteligencia artificial aprende a contar nuestras historias… ¿seguiremos siendo necesarios como narradores de nuestras propias vidas?

La película de Yann Gozlan no es una adaptación literal de la novela en la que se inspira, sino más bien una reinterpretación libre que desplaza el foco hacia la relación entre la creatividad humana y la inteligencia artificial. Mientras el libro de Tatiana de Rosnay se adentra en un thriller psicológico marcado por la sospecha y la vigilancia tecnológica, el film se convierte en una reflexión más amplia sobre el futuro de la creación y el lugar del ser humano frente a las máquinas. Quizá por eso ambas obras funcionan mejor si se leen y se ven como piezas complementarias: la novela explora las sombras del control tecnológico, la película amplía la pregunta hacia el terreno de la imaginación y la conciencia artificial. Para quienes quieran seguir profundizando en ese inquietante territorio donde literatura y tecnología se cruzan, Las flores de la sombra ofrece una lectura que dialoga con la película desde otro ángulo y prolonga las preguntas que esta deja en el aire.

Más allá de la ficción

Las preguntas que plantea Dalloway no surgen en el vacío. Desde hace años, la ficción especulativa explora el impacto de la tecnología en nuestra intimidad y en nuestra identidad. Series como Black Mirror han imaginado hogares inteligentes capaces de registrar cada gesto, cada palabra y cada emoción de quienes los habitan, convirtiendo la vida cotidiana en un inmenso archivo de datos. La Mini Serie The girl before explora lo mismo basada en la novela de JP Delaney. Protagonizada por Gugu Mbatha-Raw y Jessica Plummer. Pero lo inquietante es que esa lógica ya no pertenece únicamente al territorio de la ficción. La investigadora Shoshana Zuboff, en su influyente ensayo The Age of Surveillance Capitalism, describe cómo las grandes empresas tecnológicas han construido un modelo económico basado precisamente en la extracción masiva de información sobre nuestras vidas. Según su análisis, nuestras experiencias —lo que pensamos, lo que sentimos, lo que deseamos— se convierten en datos que alimentan sistemas algorítmicos cada vez más sofisticados. En ese sentido, la residencia hiperconectada que imagina la película no parece tanto una distopía futurista como una extrapolación inquietantemente plausible del presente.

BGD

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