La temporada 2026/27 del Teatro Real comienza con una ópera de Giacomo Puccini, Manon Lescaut, que se estrenó el 23 de septiembre con la presencia de Su Majestad el Rey Felipe VI y estará hasta el 11 de octubre. Se trata de una nueva coproducción con la Ópera de Colonia, donde se estrenó el pasado año.
La obra marca además un hito en la programación del Teatro Real: hacía 102 años que Manon Lescaut no se representaba en su escenario. Es cierto que el Real ha experimentado numerosos avatares a lo largo de su historia y que permaneció cerrado durante décadas antes de su reapertura en 1997. Pero eso tampoco sirve como excusa para haber esperado tanto tiempo para volver a programar esta gran obra de Puccini. Así pues, las ganas ya están servidas y el público podrá disfrutar de nuevo en Madrid de una ópera que llegó por primera vez al Teatro Real en 1893. Nicola Luisotti, que despidió la pasada temporada con Il trovatore, inaugura ahora la presente dirigiendo su quinto título pucciniano al frente del Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real, del que es director honorario.
Puccini, Verdi y la evolución de la orquesta
Manon Lescaut se estrenó por primera vez en Turín el 1 de febrero de 1893, fecha a partir de la cual inició una rápida expansión y comenzó a programarse en los teatros más importantes del mundo. Madrid estuvo casi a la par con el estreno absoluto: tan solo unos meses después, el 4 de noviembre de ese mismo año, tuvo lugar su estreno en el Teatro Real. Podemos hacernos así una idea del acontecimiento que supone recuperar esta gran ópera para la apertura de temporada después de 102 años de ausencia. En palabras del director artístico del Teatro Real Joan Matabosch: «La verdad es que no se entiende cómo se ha podido esperar tanto para reponer esta grandísima partitura». Durante la rueda de prensa, como ya es habitual, el maestro Nicola Luisotti nos reveló algunas anécdotas e historias sobre el mundo de la ópera y sobre Manon Lescaut que merece la pena compartir.
Entre 1890 y 1896 se estrenaron obras maravillosas y, entre ellas, algunas óperas que cambiarían por completo la historia de la ópera italiana y europea, también bajo la influencia de Richard Wagner. Pero hay una que marcó especialmente un cambio de rumbo: Otello, de Giuseppe Verdi. Se trata de un cambio radical en la relación entre la orquesta y el canto. Hasta Otello, la orquesta seguía fundamentalmente a los cantantes y estaba sometida al acompañamiento vocal. En cada aria, dúo, etc., había espacios en los que el público podía aplaudir. Con Otello, esto cambia radicalmente: Verdi construye una orquestación prácticamente de principio a fin, sin dejar esos espacios para el aplauso, haciendo que la música avance de manera continua, como un todo. La tendencia fue enseguida continuada por otros compositores y parecía que todo avanzaba en esa dirección. Sin embargo, al final de su carrera, Verdi compone Falstaff y, con ella, vuelve de algún modo al pasado, cambiando de nuevo la tendencia, casi como si regresara al siglo XVIII mozartiano. Quien esté familiarizado con la vida de Verdi sabrá cómo se las gastaba el gran maestro. Falstaff fue estrenada el mismo año que Manon Lescaut, pero hay un dato curioso: su estreno en La Scala de Milán tuvo lugar tan solo una semana después.
«Un poema sinfónico con voces»
Manon Lescaut presenta un lenguaje orquestal distinto al de las óperas anteriores de Puccini, con una sonoridad casi wagneriana. Por eso requiere cantantes con una gran potencia vocal, capaces de atravesar el tejido orquestal, que es especialmente potente y utiliza prácticamente todos los instrumentos de la orquesta. También es necesaria una gran orquesta, de alto nivel y muy compenetrada, requisito que la Orquesta del Teatro Real cumple con creces. La dificultad está precisamente en conseguir que esa enorme masa sonora no termine imponiéndose a las voces. Mantener el sonido de intensidad en determinados momentos más sostenido sin perder presencia supone una auténtica hazaña, porque los cantantes necesitan desde el escenario un margen enorme para alcanzar el patio de butacas y hacer que sus voces lleguen.
De esta difícil labor nos hablaba el maestro Luisotti, que ha supuesto un gran trabajo de todo el equipo técnico y artístico y cuyo resultado es extraordinario. Este fenómeno de hacer que la voz atraviese la orquestación se conoce en el argot operístico como «atravesar el muro»: el muro de sonido que se genera en el foso de la orquesta debe ser superado por las voces de los cantantes desde el escenario hasta el patio de butacas. En palabras del propio Nicola Luisotti: «La orquestación de Manon Lescaut es como un poema sinfónico con voces». Para esta ópera, Giacomo Puccini recupera además parte de su propia obra musical, entre ella algunos minuetos, elegías como Crisantemi, que también podremos escuchar en la Sesión Enfoques y en los Domingos de Cámara.
Por lo tanto, Manon Lescaut no es una obra innovadora en el sentido estricto, pero posee una belleza y una emoción enormes. Tengamos en cuenta, además, que estamos a finales del siglo XIX.

Tantas Manon como sea posible
Cada representación de una ópera se reinterpreta una y otra vez a través del tiempo, con distintas puestas en escena y diferentes ubicaciones temporales. La temática universal de sus argumentos y sus tramas permite miles de lecturas dependiendo de sus equipos artísticos. Y eso es algo maravilloso. Podemos ver tantas Manon como sea posible y cada una tendrá algo único y diferente. Como ocurre con la buena literatura, los grandes temas universales —el amor, la pasión, las emociones, los sentimientos— nos permiten encontrar algo nuevo en cada reinterpretación.
La novela Manon Lescaut se publicó en 1731, escrita por Antoine François Prévost. La narración parte de la perspectiva de Renato Des Grieux, el enamorado del Manon, que cuenta la historia. El libreto de la ópera es ya otra cosa. No exento de controversia y distintos puntos de vista, pasó por varias manos y generó una gran confusión sobre su autoría, hasta el punto de que el propio Puccini trabajó también en el manuscrito. Al final, nadie quiso hacerse eco del libreto hasta que la ópera se estrenó con un gran éxito y Domenico Oliva pasó a atribuirse parte de su autoría al comprobar la extraordinaria acogida que había tenido.
Viñetas de una vida que se desmorona
La puesta en escena creada por Carlos Wagner para nuestra Manon Lescaut es muy efectiva y efectista. Wagner se enfrenta a la complicada labor de crear un ambiente escénico ante la gran cantidad de elipsis que presenta el texto y propone una sucesión de viñetas que cuentan los distintos momentos de la protagonista. La primera nos muestra su inocencia, con un tiovivo central que después se irá transformando en otros escenarios conforme evoluciona la trama y la heroína va formulando sus preferencias y tomando distintos caminos a partir de sus decisiones. El infantil tiovivo, al quitar los caballitos, se convierte en un espectáculo de pole dancing. Después serán los barrotes de una cárcel. Así, el escenario va mutando al mismo tiempo que la vida de Manon va tomando giros cada vez más dramáticos. Es una puesta en escena muy acorde con la idea del argumento y, a la vez, bella; acorde con la gran partitura y con la riqueza de la historia.

A quienes no conozcáis el final ni la trama no queremos haceros aquí ninguna revelación. Para quienes sí la conozcan, el escenario termina transformándose dramáticamente en un desierto desolado, en sintonía con el desenlace. Y quizá sea precisamente aquí donde esta Manon Lescaut encuentra una de sus claves: la obra invita más a sentir piedad por los personajes en su camino de decisiones y fatales consecuencias que a emitir un juicio de valor sobre ellos. No nos dice que juzguemos. Nos dice que veamos cómo podemos, por amor, por necesidad económica, por el deseo de vivir felices, quererlo todo y terminar perdiéndolo todo. Nos pide comprensión sin juicios morales. No conduce al espectador hacia un pensamiento desde fuera, sino desde dentro, desde lo humano.
Dos repartos para dar voz a Puccini
Para dar voz y vida a la partitura de Puccini se alternarán dos repartos de grandes voces: Sondra Radvanovsky y Saioa Hernández como Manon Lescaut; Michael Fabiano y Jorge de León como Renato Des Grieux; Lucas Meachem y Szymon Mechlinski como Lescaut; y Alejandro del Cerro y Albert Casals como Edmondo. El reparto se completa con Pietro Spagnoli, Mercedes Gancedo, Javier Franco, Javier Castañeda y Mikeldi Atxalandabaso. La escenografía de Frank Philipp Schlößmann y el vestuario de Jon Morrell evocan una sociedad opresiva y biempensante de los años 40 y 50, tomando como fuente de inspiración el neorrealismo italiano de Ossessione, de Visconti. Dos repartos con voces de primer nivel que ofrecen, además, la posibilidad de acercarse a la obra desde diferentes sensibilidades e interpretaciones, algo especialmente interesante en una ópera como Manon Lescaut, donde la fuerza dramática está tan estrechamente ligada a la música.

Manon también para las familias
Y Manon Lescaut tendrá también su espacio para acercarse a nuevos públicos.
El 18 de octubre, domingo, a las 11:00 y a las 13:00 horas, se celebrarán en el Real Teatro de Retiro las primeras sesiones de ¿Te suena Manon Lescaut?, talleres musicales familiares dirigidos por Fernando Palacios.
Bajo el título Un amor romántico con lujo, pobreza, fiestas y cárceles, contarán con la participación de la soprano Marlín González y el pianista Carlos Alfonso Ferri.
Al final, la ópera tiene una regla sencilla: hay que vivirla en directo. Las voces, la orquesta, el escenario… todo cambia cuando sucede delante de ti. Y Manon Lescaut vuelve al Real después de 102 años. ¿Nos vemos en el teatro?
BGD














