Teatro

Tres noches en Ítaca. El duelo como travesía.

Nave 10 Matadero, acoge desde el 6 de febrero el estreno absoluto de Tres noches en Ítaca, la nueva obra de Alberto Conejero, con dirección de María Goiricelaya. La colaboración de Julieta Serrano voz en off. La pieza, producida por Nave 10 Matadero y Octubre Producciones, podrá verse hasta el 8 de marzo en la Sala Max Aub. En escena, Cecilia Freire, Marta Nieto y Amaia Lizarralde encarnan a las tres hermanas protagonistas de esta tragicomedia íntima que transita entre el duelo, la memoria y la posibilidad —frágil, siempre incompleta— de recomenzar.

La obra parte de un viaje marcado por la pérdida. Tres hermanas, distanciadas desde hace tiempo, se reúnen en la isla de Ítaca tras la muerte de su madre, Alicia, profesora de griego clásico que años atrás decidió abandonar su vida anterior para instalarse allí. Lo que podría entenderse como un regreso se convierte, en realidad, en una suspensión del tiempo: tres noches para ordenar papeles, recuerdos y silencios acumulados. Conejero sitúa el conflicto en ese espacio intermedio donde la muerte no cierra, sino que obliga a mirar atrás y a preguntarse cómo seguir adelante cuando ya no hay respuestas claras.

Tres noches en Ítaca habla de la familia como un organismo complejo, contradictorio e imperfecto. Un espacio donde el amor convive con el reproche, donde el cuidado adopta formas torpes y donde los afectos se expresan, muchas veces, a través de la omisión. El texto avanza con un equilibrio preciso entre lo doloroso y lo cotidiano, entre la herida abierta y el humor que irrumpe casi como mecanismo de supervivencia. Ítaca no funciona aquí como destino final, sino como gesto de detenerse: escuchar el silencio, aceptar la incomodidad y atender a aquello que quizá todavía puede decirse.

La dramaturgia de Conejero entrelaza la memoria del mundo clásico con lo prosaico de la vida contemporánea: Homero convive con el papeleo administrativo, la épica del regreso con la burocracia de la muerte. A través de la figura de la madre —obsesionada con los textos griegos— la obra subraya una idea esencial: en lo fundamental, los seres humanos no hemos cambiado. El amor, el dolor, la pérdida, los conflictos familiares siguen atravesándonos con la misma intensidad siglos después. La épica, aquí, no es heroica, sino íntima y profundamente humana.

La puesta en escena refuerza esa sensación de tránsito. El espacio recuerda a un puerto: blanco, abierto, atravesado por grandes mástiles y velas de barcos atracados, la casa isleña en un acantilado que mira al mar. No se trata de una Ítaca literal, sino de un lugar suspendido entre la partida y la espera. La isla que el texto nombra como espacio de retiro y sosiego revela también sus otros matices: huida, soledad, memoria y dolor. Un territorio ambiguo donde el pasado insiste y el presente se vuelve inevitable.

Foto: Geraldine Leloutre. Aparecen de izquierda a derecha. Cecilia Freire, Amaia Lizarralde y Marta Nieto.

La obra articula una voz marcadamente femenina. Tres hijas y una madre que, aunque ausente físicamente, está muy presente en escena. Su fallecimiento no supone un final, sino el inicio de algo distinto: un reencuentro forzado que abre la posibilidad de curar heridas antiguas, de revisar ausencias y abandonos, y de sacar a la luz secretos familiares largamente guardados. La pieza reflexiona con delicadeza sobre esos silencios que, en ocasiones, se preservan con la intención de no hacer daño, pero que terminan amplificando el dolor cuando finalmente emergen.

La dirección de María Goiricelaya acompaña el texto desde una mirada contenida y bondadosa, atenta a los vínculos y a los cuerpos más que al subrayado simbólico. El duelo no aparece como un proceso lineal ni compartido de la misma manera por las tres hermanas. Al contrario, cada una transita la pérdida desde un lugar distinto, obligándose a reformular su constelación familiar y a reconocerse en la fragilidad del otro. El renacer que propone la obra no tiene nada de épico: pasa por el perdón, el autoconocimiento y la necesidad —casi física— de permanecer juntas mientras atraviesan lo irreparable.

El trabajo de Cecilia Freire, Marta Nieto y Amaia Lizarralde sostiene con gran sensibilidad ese vaivén emocional. Sus interpretaciones transitan con naturalidad de la risa al llanto, de la ironía al desgarro contenido. Hay momentos en los que la escena logra trasladarnos a una isla griega casi tangible, donde el mar parece respirarse más que verse. Lejos de lo decorativo, esa evocación refuerza la verdad emocional del relato y acerca al espectador a una experiencia profundamente sensorial.

En un contexto cultural marcado por la urgencia, la productividad y la exigencia de éxito, Tres noches en Ítaca propone lo contrario: parar, escuchar y aceptar el fracaso compartido. No ofrece consuelo ni respuestas cerradas, sino algo más frágil y quizá más necesario: la posibilidad de permanecer, de cuidarse y de no atravesar la herida en soledad.

La obra no propone un regreso ni una reconciliación definitiva. Propone simplemente, quedarse un poco más en el lugar de la herida, escuchar lo que aún resuena y aceptar que a veces el cuidado no consiste en llegar a puerto, sino en navegar solos.

BGD

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

x

Discover more from Bamboo Grows Deep

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading