Vanessa Springora (París, 1972) es escritora y editora. Formada en Letras Modernas en la Universidad de la Sorbona, inició su trayectoria profesional en el ámbito audiovisual antes de incorporarse en 2006 a las Éditions Julliard, editorial que llegó a dirigir en 2019. En enero de 2020 publicó El consentimiento (Le Consentement), su primer libro, en el que reconstruye la relación que mantuvo durante la adolescencia con el escritor Gabriel Matzneff. La obra trascendió el ámbito autobiográfico para cuestionar la complacencia de una parte del medio literario francés ante unas conductas que el propio escritor había expuesto públicamente.
Hay libros que terminan en la última página y otros que continúan trabajando en quien los lee. El consentimiento, de Vanessa Springora, pertenece a los segundos. No tanto por lo que revela —que ya sería suficiente— como por la incomodidad de reconocer los mecanismos que hicieron posible lo sucedido. La indignación que provoca su lectura no se agota en una historia individual: se extiende hacia el entorno que la acogió, la justificó o prefirió no mirar demasiado de cerca.

Publicada en Francia en enero de 2020, y en España por la editorial Lumen en castellano, la obra supuso la irrupción pública de una historia que su autora había tardado décadas en convertir en relato. Springora, editora y escritora, reconstruye su relación adolescente con el escritor Gabriel Matzneff, un hombre que rondaba los cincuenta años cuando ella tenía catorce. Pero El consentimiento no es únicamente la reconstrucción de una relación marcada por una desigualdad radical. Es también el intento de recuperar una historia cuya interpretación, durante demasiado tiempo, había quedado en manos de quien tenía más experiencia, más poder y más autoridad para contarla.
Consentir no siempre significa elegir
La palabra del título contiene una trampa. En su sentido más inmediato, consentir remite a aceptar, a dar conformidad a algo. Pero esa definición, aparentemente sencilla, se vuelve insuficiente cuando se pregunta quién consiente, en qué condiciones y con qué capacidad para comprender aquello que acepta. El consentimiento parece un acto puntual; la libertad que debería sostenerlo, en cambio, depende de circunstancias que no siempre son visibles.
En el relato de Springora, la adolescente no aparece desprovista de voluntad. Siente fascinación, busca al escritor, acude a su apartamento y participa en el desarrollo de la relación. La autora no borra esos gestos retrospectivos para ofrecer una versión más cómoda de sí misma. Ahí reside una de las dificultades —y uno de los méritos— del libro: reconocer la experiencia subjetiva de aquella joven sin confundirla con una responsabilidad que no le correspondía.
Porque desear no equivale a comprender; la fascinación no garantiza la libertad, y la iniciativa no elimina la desigualdad. A los catorce años, una adolescente puede experimentar sus sentimientos como absolutos sin disponer todavía de los recursos para reconocer las estrategias de seducción de un adulto que la dobla ampliamente en edad y experiencia. La cuestión no es negar lo que sintió, sino preguntarse qué podía saber realmente de aquello en lo que estaba entrando.
El consentimiento, por tanto, no puede reducirse a la existencia de un sí. Exige considerar las condiciones en las que ese sí se produce y la relación entre quienes lo pronuncian. Cuando la diferencia de edad, experiencia y poder es tan profunda, la palabra deja de servir como una respuesta automática. Se convierte, precisamente, en la pregunta que la sociedad debería haberse hecho.
El privilegio de transgredir
Matzneff no ocultaba sus relaciones con adolescentes. Las convirtió en materia de sus escritos y las presentó públicamente bajo el signo de la conquista amorosa, dentro de un universo cultural en el que su figura gozaba de reconocimiento. Este es uno de los aspectos más perturbadores del libro: no solo la conducta del escritor, sino la indulgencia que pudo rodearla.
El prestigio posee esa facultad inquietante de alterar la percepción moral. Cuando quien transgrede es alguien admirado, la transgresión puede adquirir un aura de audacia, libertad o genialidad. El escándalo se vuelve provocación; la provocación, signo de excepcionalidad. Y así, lo que debería suscitar una pregunta ética acaba integrado en la leyenda del artista.
No se trata de exigir al arte una respetabilidad convencional ni de confundir la representación de lo incómodo con su aprobación. Se trata de reconocer el momento en que la fascinación por el transgresor empieza a funcionar como coartada. La reputación no modifica la naturaleza de los actos, pero puede modificar la disposición colectiva a juzgarlos. El talento, la celebridad y el capital cultural parecen conceder, entonces, una licencia que difícilmente se otorgaría a cualquier otro.
La pregunta que plantea Springora desborda a Matzneff: ¿cuánto de lo que una sociedad considera tolerable depende de quién lo hace y de la posición que ocupa?
La escritura contra el relato heredado
Springora escribe con una prosa limpia, precisa y despojada de adornos innecesarios. La claridad no suaviza la materia narrada; al contrario, la vuelve más difícil de esquivar. La estructura mantiene la tensión incluso cuando el lector conoce de antemano el desenlace, porque el interés no reside únicamente en averiguar qué ocurrió, sino en seguir el proceso por el que una experiencia pudo ser vivida bajo una interpretación y comprendida, años después, desde otra.
La autora asume, además, un riesgo narrativo importante: no construye una protagonista retrospectiva impecable. Deja aparecer a la adolescente con sus contradicciones, su deseo de ser elegida y su fascinación por un hombre que encarna un mundo adulto, literario y aparentemente excepcional. Esa exposición podría prestarse a lecturas que desplazaran la responsabilidad hacia la menor. Springora, sin embargo, no necesita simplificar el recuerdo para mostrar la desigualdad que lo atravesaba.
Algunos pasajes, por su crudeza y precisión, producen una incomodidad casi física. No es el efecto de una escritura enfática, empeñada en dictar al lector lo que debe sentir. Surge, más bien, de la distancia entre la intensidad con que la adolescente experimenta aquella relación y lo que el lector alcanza a percibir en ella. La prosa no resuelve esa contradicción: la mantiene a la vista.
Es también una forma de disputar el relato. Durante años, la experiencia de Springora existió en el universo público a través de las palabras de Matzneff, que había hecho de sus relaciones parte de su personaje literario. Escribir este libro significa recuperar la capacidad de nombrar lo sucedido y de examinarlo desde una conciencia distinta. No para sustituir una versión por otra igualmente idealizada, sino para romper el monopolio de quien había dispuesto de la autoridad para contarla.
Lo que una sociedad decide no ver
La historia de Springora pertenece a unas circunstancias concretas, pero los mecanismos que revela no se limitan a una época. Durante décadas, determinadas conductas masculinas se han disculpado mediante la idea de que el deseo de los hombres responde a una necesidad difícil de contener, como si esa supuesta fuerza natural pudiera atenuar la responsabilidad. La explicación resulta tan persistente como falaz: convierte una expectativa social en una excusa y desplaza hacia los demás la obligación de establecer los límites.
En El consentimiento, esa lógica se combina con el prestigio cultural y con una forma de admiración que parece suspender el juicio. El problema no es únicamente que alguien cruce una frontera, sino que su entorno contribuya a presentarla como una frontera discutible. La tolerancia puede adoptar entonces la apariencia de sofisticación intelectual, de apertura de miras o de defensa de la libertad artística.
Springora no necesita convertir su libro en un alegato para que esa dimensión social aparezca. La fuerza de su relato reside, precisamente, en la conexión entre la experiencia íntima y el mundo que la rodeó: una adolescente que intenta comprender lo que vive y una comunidad adulta que disponía de elementos suficientes para cuestionar la conducta del escritor, pero que no siempre lo hizo. Lo perturbador no es solo la distancia entre lo que ocurrió y lo que se dijo que ocurría. Es la facilidad con que una interpretación conveniente puede imponerse cuando quien la propone cuenta con suficiente autoridad.
El consentimiento es una palabra que parece pertenecer exclusivamente a quienes participan en una relación. El libro de Springora obliga a ampliar la pregunta: ¿qué sucede cuando quienes observan, admiran o legitiman contribuyen a vaciarla de significado? Quizá la impunidad no consista únicamente en poder transgredir, sino en conseguir que los demás encuentren razones para no llamar a la transgresión por su nombre.
Para seguir leyendo y viendo
En la pantalla
En 2023, la cineasta francesa Vanessa Filho llevó la historia al cine con El consentimiento (Le Consentement), protagonizada por Kim Higelin, Jean-Paul Rouve y Laetitia Casta. La película traslada a la pantalla el relato de Springora y la relación de sometimiento que vivió durante su adolescencia, en el entorno de un escritor celebrado por parte de los círculos culturales franceses. Una oportunidad para acercarse a la historia desde otro lenguaje narrativo y observar qué cambia cuando una experiencia reconstruida mediante la escritura se convierte en imagen.
Clotilde Leguil, Ceder no es consentir. Un abordaje clínico y político del consentimiento. NED Ediciones, 2023.
Desde el psicoanálisis y la filosofía, Clotilde Leguil examina la compleja frontera entre consentir y ceder, entre el deseo y la coerción. En diálogo con los testimonios que emergieron tras el movimiento #MeToo, su ensayo invita a cuestionar una idea aparentemente sencilla: ¿aceptar una situación significa necesariamente haberla elegido libremente? La fascinación, la dependencia emocional y las relaciones de poder pueden complicar la respuesta. Una lectura especialmente pertinente para prolongar las preguntas que plantea Vanessa Springora y explorar las dimensiones subjetivas, éticas y políticas del consentimiento. El libro se publicó en francés en 2021 y apareció en español en 2023, en NED Ediciones, con el subtítulo Un abordaje clínico y político del consentimiento.

En este libro, la psicoanalista y filósofa francesa Clotilde Leguil examina una distinción fundamental para comprender las relaciones humanas: no siempre hacemos libremente aquello a lo que accedemos. Ceder puede significar plegarse a la voluntad ajena, dejarse arrastrar por una situación o no encontrar la manera de oponerse a ella. Consentir, en cambio, plantea una cuestión más profunda sobre la posición que ocupa el sujeto ante su propio deseo y ante el deseo del otro.
Su reflexión resulta especialmente pertinente para leer a Vanessa Springora. La existencia del deseo no elimina la vulnerabilidad, del mismo modo que la iniciativa no garantiza la libertad. Una persona puede experimentar fascinación, buscar la proximidad de alguien e incluso interpretar una relación como una elección propia sin disponer de los recursos necesarios para comprender la desigualdad que la atraviesa. Reconocer esa complejidad no significa diluir la responsabilidad de quien ejerce el poder.
Leguil amplía además la cuestión desde la experiencia individual hacia sus dimensiones sociales y políticas. Las palabras con las que nombramos una relación, la credibilidad que concedemos a quien relata una experiencia y las normas culturales que determinan qué conductas se toleran intervienen en nuestra comprensión del consentimiento. La pregunta no afecta únicamente a quienes participan en una relación, sino también al entorno que interpreta, justifica o cuestiona lo sucedido.
Su enfoque psicoanalítico invita, no obstante, a una lectura crítica: comprender las contradicciones del deseo no debe convertirse en una forma de trasladar a quien sufre una situación de abuso la responsabilidad de explicarla o evitarla. La complejidad subjetiva y la responsabilidad ética no son términos incompatibles.
La aportación de Leguil reside, precisamente, en obligarnos a abandonar una concepción meramente formal del consentimiento para examinar las condiciones en las que una persona puede ejercer su voluntad. Su ensayo ofrece así una vía para continuar la reflexión abierta por Springora: no solo qué significa decir sí, sino qué relaciones, presiones y posibilidades de elección existen detrás de esa respuesta.
Y además
Para quienes quieran ir más allá de la historia de Springora, la filósofa francesa Manon Garcia aborda las complejidades del consentimiento sexual en The Joy of Consent: A Philosophy of Good Sex (2023). Su reflexión cuestiona la idea de que el consentimiento pueda reducirse a una autorización formal y examina su relación con la autonomía, el deseo, la dignidad y las desigualdades de género. Una lectura que permite prolongar algunas de las preguntas que plantea El consentimiento: qué significa elegir libremente y por qué un sí, considerado de forma aislada, no siempre basta para comprender una relación.
BGD; No dejes de leer o te quedarás sin palabras 😉













