Diarios

Lanzarote: Paraíso volcánico casi al fin del mundo.

La isla de Lanzarote es un lugar especialmente extraño, lleno de espacios vacios, tierra negra, y paisaje lunar. Parece que estoy en otro planeta o quizá, que el mundo acabó al fin y esto es lo que queda. Contraste brutal en ocasiones de casas blancas relucientes que animan a una a seguir pensando que el blanco aún merece la pena. Mi mente está abarrotada y es por eso que el blanco me parece un lugar para habitar tranquilo, pero es difícil encontrarlo cuando en la ciudad el blanco está en todas partes, lleno de ruido. Aquí el blanco sale de entre el oscuro, a veces rojizo color de la tierra. El blanco para mi es silencio pero en dosis grandes es ruido. Aquí vine para intentar equilibrar los espacios y el color de mi mente.

¿Aguien entiende si digo, que sensaciones pasadas hoy cobran valor muy presente? Seguro que sí. Nuestras emociones no entienden el tiempo del reloj, y te vienen cuando menos te lo esperas. ¡Pumba! Hay que dejarles un espacio si no quieres que te posean para siempre. De vuelta a estas tierras volcánicas para escribir, estas emociones me han golpeado fuerte. No es la primera vez que estoy aquí, de hecho, estuve muchas veces, pero hubo una especial. En esta isla casi vacía y llena a la vez, donde el espacio cobra un protagonismo inusitado, es ese espacio «vacío» que está pleno. Vacío de gente, vacío de urbanismo apelotonado, vacío de ruido, vacío de máquinas. La esencia de todo está aquí, pletórica esencia de este espacio de otro mundo en éste. Aquí como en ningún otro lugar me trato a mí misma como si fuera otra persona, con cierto recelo y respeto, incertidubre y esperanza. Por eso es que estoy tan conectada con algo mío propio que es justo lo que no conozco y quiero descubrir. Lanzarote nunca me decepciona por eso es que siempre vuelvo.

¿No es verdad que vivimos en la oscuridad a tientas con las manos tocándolo todo, para no hacernos daño con el pico afiliado de algo? Afilado de malas lenguas, quizá, de cuchillos de envidias y odios. Vivimos realmente solos y a oscuras, sin nadie que nos guie en esa oscuridad. Aquí hay la luz del blanco, pero te ciega, a veces, no sé que es lo mejor. Realmente por eso trato de encontrar una respuesta o una salida. Hace unos días estaba en la ciudad, allí se vive a gritos y a golpes. Hay personas arriba y abajo, enfrente tuyo y al lado, todos tratan de hacerse oir, quizá por que en verdad, nadie les oye y sus vidas pasan tan desapercibidas que son hasta dolorosas, el ninguneo de sus cometidos. Por eso, es por eso, quizá, que hacen ruido. Molestan mucho, a mi me molestan, pienso que es una especie de violación de mi espacio interior, de mi silencio. Lanzarote quizá sea la respuesta. El negro volcánico sobre el blanco encalado del pueblo. Tanto silencio terminará rompiendo en un estruendoso ruido, pero no será en vano, será destructivo, para volver a comenzar desde el principio, si es que esta vez lo haremos mejor. No aprendemos nada.

Sentada en una hamaca en el pequeño porche de una casa blanca pequeña y suficiente para mi sola, me estaban viniendo juntas todas las ideas, amontonadas, tampoco me apetecía que surgiera así de aquella forma tan despótica. Ensoñaciones sobre Saramago, habitante de esta isla, que imagino, si fue aquí que escribió «El hombre duplicado», en Lanzarote. Mi cabeza era como al exterior de las puertas de unos almacenes con el cartel de «liquidamos todo hoy a mitad de precio». Con la única diferencia que mis ideas querían salir y no entrar. «Sal tú primero», «No no, tú». ¿Qué es el silenciio la ausencia de palabras o la ausencia de pensamientos? No sé quien fue realmente, creo que Gonçalo M. Tavares quien dijo «…que cada lengua podría definirse como una forma especializada de interrumpir el siliencio». Yo trataba de estar lo más en calma posible, y había venido al lugar perfecto. Deberia ser que aquí, con la perfección de contrastes y el relativo silencio (sobre todo humano) yo oído aún más el sonido interno de la voces que me contaban tantas cosas que yo no sabía por donde empezar. «Ahora entiendo aquella máxima de -menos es más-«. Lo mucho, se agolpa y bloquea la salida. Lo poco se esfuma rápidamente sin apenas olerlo. Ay Lanzarote, tierra de contrastes, volcánica. Lugar ideal para mi. La tierra está viva bajo mis pies, se puede sentir.

Claro que no estoy sola sola, hay gente (a veces) a mi alrededor, los escucho hablar reír toser, aunque estoy como abstraída, pienso en la oportunidad que la vida nos ofrece, y por temor, pasamos por delante, en ocasiones, sin darnos cuenta, sí, nos damos cuenta pero no queremos aceptar el reto y es mejor fingir que no los vemos. Yo no he sabido aceptar el reto ¿Y qué? /»En lo más profundo, / de este océano que es mi mente./ Viven los seres más misteriosos./ No los conozco aún a todos/ pues muchos son./ Algunos sé que no tienen corazón./ Algunos hasta tienen dos./ ¿Sabes tú los que tienes?/ ….O quieres que te lo diga yo?.»/

No vine huyendo aquí, sólo vine para poder callar a la ciudad grande y darle voz a mis pensamientos en cualquier lengua de las que tengo, enfrentarlos y resolverlos. Ahora tengo que hacerlo, no me queda otro remedio. Me dirijo a un nuevo espacio en Lanzarote para ayudarme, pero no termino de estar convencida. No soy budista practicante, no son tampoco católica practicante, pero sin duda, he de reconocer que cuando se está en proceso de cambio de transición de lucha de crisis, tenemos que reconocerlo todos, creo, nos abrigamos con lo espiritual. Yo he entrado a veces en algún templo (no importa el dios que allí habitaba) entré en muchos, en los cinco continentes, y todo se resume a una cosa, el silencio exterior y la escucha interior. No se puede avanzar sin ello. Así pues, la gente esa que no para de hacer ruido externo, están quizá a años luz de distancia de la paz interior, no sé, me pregunto. Es como hablar cuando te están hablando; ¡¿te enteras de lo que te dicen?! Seguro que no. Ya aquí, tengo que resolverlo.

He leído todo lo que me ha dado de sí el tiempo acerca del silencio, incluso artículos periodísticos o películas que tenían esa palabra entre el título, quiero realmente saber sobre este tema. No de forma intelectual sino, comprenderlo desde la experiencia. El tiempo y el silencio son temas recurrentes en mi cabeza, a estas dos palabras les dedico mucho espacio en mis divagaciones, siempre que el «tiempo» me lo permita en las vidas locas que llevamos. Ya va descansando este día y el sol comienza a ponerse, me dirijo, cómo no, a la playa del papagayo, allí hay un cafe/bar apoyado en el alto acantilado encara el océano atlántico donde prácticamente parece que acabara todo, no únicamente el día. Me siento pido algo de beber y escucho el agua golpear fuerte la roca en la que yo estoy sentada arriba del todo mirando en silencio. Espero que mañana tenga otra oportunidad.

P.T.S

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