Si no te gustan las noticias, sal y crea algunas por tu cuenta. (Frase de despedida del programa del periodista Wes Nisker en la estación de radio KSAN en la década de los 1970)
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La Sociedad y la Ley. El pulso social manifiesta una necesidad de renovar nuestras leyes.

“El espíritu de las leyes” o “las leyes y su espíritu”. La ley está para proteger al más débil y castigar al que obra al margen de la misma. Esto en principio es la teoría, pero, ¿y la práctica?

Es complicado comenzar por el principio, se agolpan ideas en la cabeza de tal manera que ninguna es capaz de salir de los dedos de quien teclea. Pero, he de intentar ponerlas en orden y expresarlas lo más claro que me sea posible.

Hablar de la ley es hablar de derechos y deberes, hablar de la ley es hablar de un sistema regulatorio de prohibiciones y por defecto un vacío de éstas. Aquí está mi primera idea, la que primera ha salido del lío que tengo en mi cabeza. ¿Es una ausencia legal una permisión o vacío en el cual se puede obrar como a uno le venga en gana? ¿Aunque exista una ley ordinaria, no es ésta también suceptible a interpretaciones por su ambigüedad en el enunciado? Lo que no está escrito, no existe en el ámbito legal. Si hay una jurisprudencia que se aplica en los casos de la misma índole.

Pero no es esto lo que aquí se quiere explicar, más allá de lo jurídico, existe lo moral y lo ético. La educación social, los valores, la comunidad, la colaboración inteligente en lo colectivo. ¿No es ahí donde nacen las leyes? Todos estaríamos de acuerdo con lo que es moral y ético y lo que no lo es. La trampa está en los matices y la letra pequeña. Un delito cometido a las 5 de la tarde no sería juzgado igual si hubiese sido cometido a las 5 de la madrugada, siendo el mismo delito. Es la ley la que dice si hubo agresión o no, si fue premeditada o no, con alevosía o no. Todo ello en un marco subjetivo legal. 

¿Conocemos nuestros derechos y deberes?

La ley, pensamos, define lo justo o lo injusto, nada más lejos de la realidad. En principio pareciera que sí. Luego nos damos cuenta al enfrentarnos a ella que depende de los medios económicos y de el estatus social. No es lo mismo robar unos artículos en un centro comercial, que robar cientos de miles de euros en un banco o robar desviando fondos públicos a cuentas privadas. Para empezar, quien roba unos artículos en un centro comercial, no está seguramente en posición de robar algo más pomposo, igual si lo estuviera también lo haría, pero, ahí la duda. Robo y hurto no son lo mismo. Otra vez matices, el efecto es el mismo pero la forma no.

Cuando entramos en el ámbito más complejo, como pudiera ser la violación, acoso, abuso, intimidación, agresión …. un sin fin de términos con sus específicos rincones en el mundo de la ley. Aquí la cosa es que si tienes un buen abogado lo ético y moral va desdibujándose y apareciendo otro concepto, lo legal: la ley dice… ¿Dónde están las lineas rojas que separan la ley y su interpretación con la justicia y lo que es moral? Así vemos y oímos barbaridades en las noticias de casos actuales, echándonos las manos a la cabeza “¿¡cómo es posible tal sentencia!?”. A nadie en su sano juicio (nunca mejor dicho) se le ocurre poner en cuestión la ley. ¿Y si es necesario hacerlo? 

Mira por donde, hablamos de hurtos y de violencia. Tenemos ahora algunos casos mediáticos acerca de estos delitos. Estaremos de acuerdo que depende de quienes cometan el acto delictivo cambia el desarrollo de los acontecimientos. Si no prueben a defraudar a la Hacienda Pública siendo ciudadanos normales y verán la que les cae encima. Ahora bien, las penas por estafas enormes a manos de quienes han tenido cierto “privilegio” por estar en el poder…. ahí la cosa cambia.

Los aforamientos, los privilegios, el status y un largo etcétera, se creó imaginando que los gobernantes y los “reyes y reinas” eran personas morales. Se ve, que no lo son. Así pues, ¿deberían derogarse tales privilegios y aforamientos? Confucio, decía que un rey obtiene su nombre por sus actos, nobles, honestos, valientes, justos etc… si no los tuviera, no se le podrá nombre rey, pues la palabra no puede nunca separarse del significado que la define. Lo llamaba la rectificación de los nombres. ¿Porqué existe tanta reticencia a cambiar o modificar las cosas que quedaron obsoletas?

Es curioso pensar, que en la sociedad del siglo XXI, la era tecnológica de rápidos cambios en el avance de ésta, las leyes y en el ámbito de la “justicia” vaya todo tan lento y tan difícil de modificar, adaptando las normas a los cambios. Ya sea en un ambiente más privado o más colectivo, por ejemplo, el uso de los teléfonos móviles inteligentes, cada vez están causando más problemas en la convivencia.

El uso abusivo de estos aparatos en la vía pública causando a veces accidentes, también en el transporte público, molestando a los demás viajeros, la regulación de la edad en la que se pueda tener un smartphone, dados los serios problemas que están causando su uso en los más jóvenes, y así un largo etc. Pero hay otros muchos ámbitos que requieren revisión y modificación urgentes. La libertad de expresión, las leyes fiscales tanto de anmistía como en la excepción del pago de impuestos por algunas instituciones.

Por lo tanto, desde lo más cotidiano como los temas normativos de convivencia, respectar a qué horas, por ejemplo se tira la basura, hasta las leyes más punitorias en los ámbitos penales, se pone de manifiesto una revisión necesaria de nuestras leyes. Contingencias como el cambio climático global, debería ya estar disponible una normativa vinculante oficial que penalice actos en contra de la salud de los demás. Podríamos dar miles de ejemplos de ocasiones en las que hemos sido testigos de aberraciones ecológicas. Nunca castigadas. De lo pequeño a lo grande, es un suma y sigue de mala información al ciudadano de lo que debe hacer y cuáles son su derechos. Todo ello junto a un desinterés general (no específico) de la gran mayoría. 

 

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