Relaciones

Hablar por hablar o cultivar el silencio. El valor de elegir.

Cuidado con lo que tengas que decir.

Seguramente nunca se nos ocurriría dar una opinión crítica (desfavorable) a alguien que no conocemos muy bien. Ni siquiera si nos pregunta; -“No no, por favor dime! sé sincero!” -ARG!!! No lo hagas!– Cierra la boca, sonríe, añade algún “claro, claro” y tú opinión desfavorable (si la hubiera) la dejas en tu cabeza. Las consecuencias podrían ser desastrosas, y ya no podrías volver atrás. Hay ocasiones en las que callarse algo es muy muy positivo.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando alguien muy cercano a nosotros nos pide nuestra opinión y/o consejo de algo importante para ellos? No titubeamos ni un segundo si es favorable, decimos, “sí, hazlo, o sí fenomenal, estoy contigo, tienes razón…” Pero, ¿y si lo que pensamos es distinto o incluso muy desfavorable? Hay gente que encaja mejor las críticas (especialmente cuando son constructivas aunque sean desfavorables) pero otras personas lo tienen peor a la hora de escuchar algo que no se adecúa con su perspectiva, incluso que sean ellos los que te hayan pedido tú opinión. Lo que nos puede llevar a pensar que, mucha gente pide opinión a un amigo para que le de la razón. Sólo quieren reafirmarse en sus teorías y exponerlas fuera para escucharse a ellos mismos, orgullosos y satisfechos. Se inflan sus cabezas al tamaño de sus egos.

Desde fuera (la perspectiva del espectador) podemos observar cuán equivocados están y quizá tenemos algo que decir. Lo decimos, y a veces las consecuencias son nefastas ¿Entonces? ¿Qué hacer? Bien, si nos importa mucho la persona, podríamos tantear la crítica desfavorable de una forma sutil, ver cómo reacciona, y desde ahí tomar una dirección u otra. Es complicado. A veces la mentira es más cómoda, rápida, satisfactoria, “amigable”. -Dime lo que quiero oír-

Algún caso práctico; Cierta persona siempre pedía opinión sobre temas personales, pareja, familia, toma de decisiones importantes como mudanzas, estilo, cultura, trabajo… en fin, varios temas y cosas. Todo ello aderezado con un auto-discurso, auto-complaciente. Con un posterior; -“¿y tú que opinas?”- Ya has estado escuchando un rato lo segura que está de esto y aquello, lo bien que hace, por este u otro motivo, -«lo horrible que es la pareja y lo incomprensiva que es, con escaso nivel espiritual, bla bla bla»-.
Si si, ahora tu opinión; ¡Ohlalá! por un lado piensas “no pareces muy enamorada/o de tu pareja, y parece incluso que no te gusta para nada”. Y por otro “no voy a decir esto por que luego me salpica seguro”. Pero sin darte cuenta y ante su insistencia, das rienda suelta a tu sinceridad y dices; -“ Déjalo, lo importante es saber qué quieres tú para así poder seguir adelante, o date una tregua”.
Ahí queda la cosa, la persona dice que si que es cierto, tienes razón. Aunque decide darle otra oportunidad.

Pasan las semanas… y recibes una llamada de teléfono de ésta persona que dice así; -“Mi pareja y yo estamos intentando tener un hijo”- “-¿verdad que es maravilloso?”- Ahí entras en una especie de histeria compartida y algo confundida dices: “si si, es maravilloso”. Si tomas el camino de; “¿Pero no habías dicho que no te entendía tu pareja que no te gustaba que era inferior a ti etc etc?” Ahí entras en un lío desenredable. ARG!!!!!!!! Hicimos bien en no meternos al charco demasiado, pues nos habrían comido las arenas movedizas.

Años más tarde, ya no ves mucho a esa persona, decides que hiciste bien en no mojarte demasiado, aunque sí mostraste cierta honestidad. Te llega la información de que al final la relación de pareja fue un verdadero desastre. Nada salió bien, ni la relación, ni el aumento de familia, nada. Entonces es cuando soplas aliviada y piensas que por fin has aprendido a callar y dejar que el silencio sea tu mejor aliado. El enfoque aquí es algo reduccionista al hecho de la pareja. Pero existen casos en los que las personas preguntamos a nuestros amigos por todo, este u otro trabajo, mudarme aquí o allí, debería de realizar esto o aquello???? (incluso a veces en temas tan trascendentes e importantes como operaciones quirúrgicas). Está claro que la mayoría de nosotros cuando preguntamos por algo a alguien, ya nos hemos hecho nuestra kabbalah, tenemos una decisión más o menos tomada, deseamos únicamente opinión sobre si hemos acertado.

Otro caso práctico; Cierta persona tenía dos pretendientes posibles de «amor eterno«. Pero; ¿cuál elegir? Ambos tenían cualidades buenas para la persona interesada, ambos atractivos, inteligentes cada uno a su manera, divertidos… ¡Ummmm! Difícil elección. Ha estado hasta ahora jugando en las dos bandas, pero ya no es posible hacerlo más a estas alturas. Hay que decidirse por uno. Claro, pregunta a una amiga. Esta persona, como decimos, seguro que en su fuero interno ya sabe a quien quiere (aunque no sea el «correcto») su corazón lo sabe, pero necesita reafirmación. A la amiga la acaba de meter en un jardín lleno de espinas. En los casos de elecciones (sujeto A o sujeto B) recomendamos, SIEMPRE, el silencio. ¿Por qué? Porque digamos lo que digamos siempre nos habremos equivocado. Incluso la persona que va a elegir sobre su futuro amoroso, estando aún muy segura, tendrá en el futuro momentos de «OH No!!!! que hubiera ocurrido si…..». Por lo tanto, en estos temas, silencio, siempre.

En la lógica de la «teoría de la decisión», cualquier opción que tomemos, seguro será la incorrecta. Esto se debe, a que es más fácil pensar, en lo desconocido, aquella que no elegimos sería entonces la correcta, dado que la que sí elegimos fue nefasta. Esto es la quimera de la teoría de la decisión. Pero, es sólo eso, una quimera. Nunca estaremos del todo seguros de si la opción que elegimos fue la mejor. A la hora de elegir, necesitamos obviamente, dos o más opciones de las que escoger. Dichas opciones nos proporcionar múltiples posibilidades. Elegir además entraña cierto riesgo en el acierto/error, y se compone de causas y efectos. Pero; ¿Cómo elegimos realmente la mayoría de nosotros?.

Un desencadenante de tomar una decisión y elegir sobre un tema o una persona, lo que sea, son las razones que nos impulsan a ello. Fundamentamos dichas razones basadas en las emociones y los impulsos, todo ello podría enmarcarse en los factores, positivos. Emociones e impulsos. Luego existen otras razones basadas en las excusas y los miedos y/o creencias. Los miedos tienen muchas veces, no siempre, que ver con las creencias de cada uno, y éstas con la educación y la cultura. Podríamos decir, que los miedos tienen su fundamento en las creencias, si? Piénsalo. Cuando decido no ser sincera y mentir, es por que tengo miedo a una consecuencia nefasta, basada en la creencia que quien me escuche, no va a aceptar mi nivel de «verdad». Esta creencia evita que «yo» hable claro, así evito un conflicto. Al menos eso creo.

En las relaciones humanas complejas, ya sean amistosas o familiares de pareja etc… siempre estamos en la diatriba interna de la elección, aunque no seamos conscientes. Desde aquí se postula el silencio, como un buen aliado «en boca cerrada no entran moscas», aunque no en todas las ocasiones. Saber distinguir cuando callar y cuando hablar es un Don, que se puede aprehender y practicar. Hay momentos en los que hablar y sacarlo todo fuera es un alivio para nosotros mismos y evita mucha ansiedad y pérdida de tiempo. Las relaciones humanas son una espiral, entrar es fácil, salir airoso es complicado. Se han escrito multitid de palabras de la «gente tóxica», como evitarlos etc… lo que no se dice es que igual «tú/yo somos gente tóxica». Evaluar tus hábitos relacionales para con «los otros», revisar qué patrón se te repite, pensar el por qué de esa repetición desde dentro de tí mismo, quizá ayude a mejorar tus decisiones y como eliges a tu entorno y la gente con la que quieres estar. ¡Ojo! esto pueda parece simple, pero no le es. Muchas personas están con la gente que no quieren estar pero que son los que les hacen sentir mejor (léase más importantes), no están en su entorno óptimo y eso genera frustraciones que son difíciles de gestionar.

BGD.

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