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“CARTA AL PADRE” OBRA TEATRAL BASADA EN LA CARTA DE KAFKA A SU PADRE

Teatros Luchana, Madrid. Todos los sábados de Abril a las 19 horas. Escrita por José Sanchis Sinisterra, en adaptación a la carta que escribió Frank Kafka a su padre.

A la dirección artística;  Víctor Boira y Jorge de la Heras (quien además la protagoniza).  Texto de José Sanchis Sinisterra, del cual sobran las presentaciones. Acompañan el reparto; como Julie Löwy, Milagros Morón, como Herman Kafka, Rafa Núñez.

Contar en escena una carta  (escrita en noviembre de 1919) de más de ochenta páginas, es muy complicado.  Cuando una gran pluma se pone manos a la obra adaptándola con gran acierto,  un proceso un tanto irreal y onírico ocurre. Con réplicas, unas en duras e indiferentes palabras de un padre impasible, otras en un estripitoso silencio de la madre, lo que hace que la carta cobre un nuevo sentido, transformando al público en jurado.

Frank Kafka lee su manifiesto, carta, alegato, lamento, llanto, queja a su padre que le oye pero que no le escucha. Ésto ya es parte de la mágia del teatro en su esplendor. En palabras del actor Jorge de la Heras; -“Kafka nunca envió su carta al padre”- Por lo tanto la réplica del padre se hace más invorosímil pero aún así enriquece de sobremanera el texto y la idea detrás de la carta. Herman nunca recibió una carta de su hijo. Pero de haberlo hecho, es muy posible que hubiera respondido de la misma manera que lo hace en la obra teatral. Una indolencia absoluta por el sufrimiento de un hijo del que nada respeta y lo único que quiere es quitárselo de encima.

Pareciera injusto exponer unas acusaciones disfrazadas de quejas de un hijo dolido, sin darle la voz a el padre. Lo cual en la obra, se hace dignamente, puesto que oyendo su argumento pueda uno entender, un poco, el comportamiento insensible del padre. Éste quiere ver un espejo de sí mismo en su hijo sin resignarse a pensar o aceptar que su hijo es un ser distinto a él, totalmente individual. No es cosa del pasado esta proyección paterna o materna con respecto a sus hijos e hijas. Proyectando en sus vástagos a menudo una colección de deseos y/o frustraciones propias que nada tienen que ver con ellos.

Frank Kafka  (Jorge de la Heras),  entra un tornado de emociones durante la función. Intenta en vano suprimir la emoción la cual en sus palabras; -“guardo en el bolsillo de mi chaqueta todas estas emociones que van saliendo y llega un momento donde salen sin más”-. Toman el poder en un momento dado y ya nada se puede hacer. La explosión deja al espectador por momentos en una tensión sostenida, para más tarde convertirla en pena, angustia y desolación por la incapacidad de hacer entender los porqués de esa inquina de un padre, de los desprecios, la mofa, la falta de amor y respeto. Nacemos pensando que nuestros progenitores son los protectores de nuestro ser, y más a menudo de lo que se cuenta, no es así realmente en muchas ocasiones. La reflexión aquí sería para otro artículo sobre el tema de ser padres. Tema del que se han escrito miles de libros, artículos, poemas y películas. Y eso es lo que tiene el ver esta obra. El que más o el que menos, entra una especie de katarsis de la mano de Kafka (Jorge de Heras) quien habla al público, pidendo su veredicto.

Todo es un sueño, Kafka es valiente, reflexivo, inquisitivo, irónico. Habla, grita, exige una respuesta del padre. También a su madre, la mira con amor profundo editando palabras de consuelo y gratitud. Choca el “silencio agudo” de la madre, relegada a una esquina del escenario, se mantiene a la escucha, pero no habla con su voz, sino con su mirada y sus gestos llenos de comprensión, pero a la vez de traición, dado que ese silencio no resuelve la angustia de su hijo y da alas a la indiferencia del padre, tomando un partido y posicionándose a su lado, quien sabe, si por amor, o miedo.

En los principios del siglo XX la posición de la mujer en el matrimonio era de sumisión absoluta como lo era en la vida familiar ante su propio padre. El matrimonio, es un tema importante del texto y de la carta de Kafka. Matrimonio, significa libertad, pero también, cambiar la celda de su prisión. Si Frank Kafka lo veía así, hay que imaginar como sería para la mujer de principios del siglo XX. Quizá Kafka temía tomar decisiones por la desaprobación de su padre. La sensación de que cualquiera que fuera su decisión iba a ser desaprobada y criticada duramente por su padre imponía una presión en él que nunca supo manejar.

Su cuerpo cada vez más se emparejaba a su espíritu tortuoso, encorbándose más y más, volviéndose un enfermo. -“La ciencia de hoy ha demostrado la implicación de lo psicológico y emocional en el estado físico del cuerpo, Kafka murió de tuberculosis, que él mismo decía era un síntoma de su alma herida”- Jorge nos cuenta con sus propias palabras. El vivir atormentado con la espera del reconocimiento de un padre (o madre) es devastador e infructuoso . Aún así lo vemos en numerosos artistas, llenos de sensiblidad y que tanto nos ha dado. Por nombrar alguno, Toulouse Lautrec vivió toda su vida esperando palabras tiernas de aprobación por parte de su padre, el cual lo rechazaba por completo. Más contemporáneo tenemos a Prince, que aún con su sobrado éxito en el mundo de la música siempre esperó la aprobación de su padre, en vano, por que éste siempre le decía que se buscase un trabajo “normal”. Ambos murieron sin ver en el padre ese ansiado reconocimiento.

Seguro que hay más…

¿Cuántas cartas por escribir a un padre quedan? ¿Kafka usó esa forma epistolar para sacarse de dentro la espina que tanto le dañaba? “La escritura me ha salvado, ha sido mi refugio, aún así siempre me dolía la indiferencia y desdén que mi padre tenía hacia mis libros”. Otra vez, el reconocimiento paterno sin el cual ningún otro reconocimiento es suficientemente saciante. Hace pensar también en los egos de ambos lados, por un lado los hijos que esperamos siempre ser el centro de atención de nuestro progenitores, por el otro, los padres que viendo el talento de los hijos optan por ningunearlo por haber (aparentemente) traicionado una tendencia familiar. Herman Kafka, acusa a su hijo de parásito, que vive de él, al mismo tiempo que Herman Kafka trabajó duro para poder dar a sus hijos mejor vida. Una contradicción sin duda de las relaciones paterno-filiares. ¿Lo hacen pues con altruismo o estamos los hijos condenados a devolver el “préstamo” que no pedimos con la entrega absoluta de nuestra voluntad?

 

BGD  Hasta la próxima 😉

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